Me alejo de la ciudad
para mirar al firmamento
animado por el recuerdo
infantil
de aquella feria de cada
noche,
donde los astros son ascuas
de luz,
esferas luminosas
que en sus destellos me
parecen poliedros,
ángulos, vértices de luz,
destellos deslumbrantes que
se escapan por la tangente
o mechas mortecinas de tono
anaranjado
que se incineran en sí
mismas.
Espejo negro, bóveda azabache
con millones de farolillos
de feria
que hablan de la feria
celeste.
En los carros de las dos
osas,
la memoria explicativa de mi
padre
y la geometría colegial
tratando de interpretar
las formas caprichosas en
movimiento.
Amanece, anochece, y de
nuevo el mismo espectáculo.