¡Qué dilatada es la espera!
¡Cuánta rémora en la parsimonia de la recua!
El tiempo es volátil, pero las horas eternas,
de una infinitud angustiosa y empachosa
que sube hasta el paladar y se atraganta
como si masticaras terca y retorcida tuera.
Llega el otoño languideciendo los días,
despoblando la arboleda y vistiendo
de pardas tonalidades lo volátil y premioso.
Se atrofian los relojes y hasta es posible
que pasen más de dos veces por los mismos dígitos.
Todo es premiso, lánguido e infecundo,
estéril el invierno, falsa la fecundidad primaveral
y un reseco anonadamiento el verano
amenazante con ser frugal como la siesta.
Llegué a tu puerta en plena vigilia,
cuando no apuntaba el alba,
y hasta el reloj se ha marchitado en la espera
y el teléfono ha perdido la carga y la memoria.
Tengo en un cuaderno anotados los encuentros
y en media docena de álbumes los actos fallidos.
He perdido la noción del tiempo, a base
de un continuo desaprovechamiento:
vivo en espera, respiro en espera,
transito en espera, y de esperar y esperando,
desespero con desesperanza tu encuentro.
Dos minutos ya, una eternidad volátil que se esfuma.



