No son espinas,
la flor cortada vierte duras lágrimas,
un negro tránsito,
un llanto amargo e impotente
por su vida segada, violentada de un tajo,
para seguir ofreciendo belleza
en lugares opulentos,
en tanto languidece y muere.
Si su tallo fuera acero,
si sus espinas diamantinos cortafríos,
si sus sépalos sudores de orfebres
y sus pétalos cera virgen;
si la vulgaridad fuera su vestidura talar
y la pestilencia el rechazo
a su propio asesinato, tal vez…
Si respetáramos la vida de las flores,
si en verdad las admiráramos y amáramos,
procuraríamos que su estética fuera estática,
como el pino, el acebuche o el almendro.
Vayamos al encuentro de su gracia,
ya sea en lo fortuito o en la plantación caprichosa.
En cada oportunidad mostrará su semblante
y haremos ante ella promesas de volver,
para reconciliarnos con el éxtasis de su presencia.





