El estío es una holganza,
una sobremesa anchurosa que bosteza,
que sestea y que sueña
con la infinitud de una playa virgen
o que se refugia en el Charco las Viñas,
ajustándose a la talla
de una aventura personal
que se enquistó en la infancia
y es pústula que se reinicia y vuelve.
A su paso, bajando la cuesta,
más travesuras que baches
y algunas zarzas o alambres de espino
blindando las malas ocurrencias
y las apetencias sobre lo ajeno.
Sobre la peña,
el diafragma que enfoca protagonismos
y la casuística que merodea,
con tan alto porcentaje de aventuras fallidas
como de aspirantes al estrellato
que se columpian
entre un riesgo y el siguiente.
Un ensueño que no desdibujó los años,
y que sigue preservado y enrollado
en el metraje fílmico de la memoria.






