Una espada,
acero esplendente y luminoso,
una enseña documental,
un tajo que sigue al nombre
y que le sirve,
que le da porte, estética y aplomo,
un cierto brillo que no ciega,
pero es acero templado
y contundencia sonora.
Una espada,
que tiembla ante el fuego y el hielo,
que se atrinchera de las estridencias
y se acomoda en la concordia
de la muchedumbre que dialoga.
Una espada,
ni de museo, ni de desván;
ni selecta, ni maestra,
una más de la armería,
mas con inquietud constante
por medir y cubicar
lo denso y lo flácido,
lo vigente y lo bisoño,
lo despreciado y lo amoroso;
mas acero que se ablanda
en las manos que la enfundan
y que no riñen jamás.






