A
mi amiga Mar García
Valió
la pena hacer el servicio militar
para
descubrir, al margen de lemas patrios,
que
las victorias se alcanzan firmando la Paz.
Valió
la pena la suntuosa inversión en la cama,
porque
en ella pasamos un tercio del calendario,
y
pleno cuando la enfermedad nos arrincona.
Valió
la pena hacer la recogida de la aceituna
y
otras varias faenas agrícolas para descubrir
el
amargor a sudor del aceite de oliva virgen.
Valió
la pena cruzar España de Sur a Norte,
para
acabar rompiendo mitos y fábulas
y
darme cuenta que todos somos muy iguales.
Valió
la pena haber dedicado mi vida profesional
a
la hostelería, porque acoger es la más grande
de
todas las tareas que podemos desempeñar.
Valió
la pena pasar y padecer la enfermedad,
porque
es en la recuperación donde se encuentra
el
eco emocionado y vital del sincero agradecimiento.
Valió
ser soldado de infantería en Granada,
porque
pude sentir el latido cercano de Federico
y
quedar embrujado por el Darro y la Alhambra.
Valió
la pena aprender a leer y perder horas de sueño,
porque
me ha ayudado y me ayuda a conocerme,
a
valorar mis muchas carencias y a corregirlas.
Valió
la pena el vértigo del desfiladero de la muerte,
porque
Él me esperaba para cenar juntos,
cumplió
su palabra y salvó mi vida para siempre.
Valió
la pena darse, escuchar y saber perdonar,
porque
solo midiéndote en el infortunio ajeno
está
uno en condiciones de comprender y olvidar,
sin
miedo alguno, a que le de
otra alferecía.