Alfombra, moqueta mullida,
cuya musicalidad con sordina
tiene el compás de nuestros pasos,
lentos, firmes, parsimoniosos
como la cadencia armónica
de un adagio con el acento picudo en cada nota.
Un surtido de colores,
de vida evanescente que se escora
con el quejido de una lágrima
y se derrama en el andate parsimonioso
de una sucesión de lamentos.
Cuando la cadencia se hace coda,
cuando el alegro sentido e interno
se ha travestido de monotonía,
de queja, de sollozo, de lágrima, de duelo,
de un pesar inquietante de soterramiento,
entonces… La música toma el protagonismo
con su parlamento acrisolado y único.