La inmensidad. Azul sí, azul,
pero también tornasolada,
una amalgama casi infinita
donde se ha diluido el celeste,
el verdor que nace de lo recóndito
y el violeta contagiado
de los espacios celestes.
A veces cordero manso y angelical,
con sus rizos lanudos y mimosos;
otras una amenaza en la retranza,
como bestia acosada a punto de arranque,
y también furiosa embestida
que se acelera en la proximidad y el engaño.
Ondas, ondas, ondas saladas
coronadas de chantilly.
Baile, danza, ritmo, marea infinita…
Y tras una leve ausencia,
nostalgia y deseos de volver.



