Eran tiempos de radicalismos,
cuando el silencio se hacía obligatorio
y cómplice, y por el sumidero de la omisión
se conseguía la paz deseada y añorada,
y la armonía impuesta.
Y sucedió lo inevitable, y nos dimos
un borrón de olvido y cuenta nueva
con aquellos mimbres del viejo canasto,
a pesar de las incontinencias para muchos
y las bravuconadas de los otros.
Asentados los días, y ante la panorámica
de la Exposición Universal en Sevilla,
Eduardo Chillida peinó los vientos del Guadalquivir
con su imaginativo monumento a la Tolerancia,
y desde entonces, entre la Torre del Oro
y el Puente de Triana, su sinuosa nervadura
muestra la ductilidad de la brisa con firmeza.
Pero se adocenó la calma a lomos de lo soez,
y paso de lo ocasional y festivo a lo ordinario,
y en la nervadura de los días se orilló el insulto,
la paciencia y las muchas aguantaderas,
y de lo exquisito se pasó a la ordinariez,
como del respeto a la intransigencia grosera…
¡Qué bajonazo! ¡Cuánto hemos perdido!
Donde moraba la exquisitez parlamentaria,
ahora merodean subalternos y mozos de cuerda
sin calidez ni calidad, segundas y terceras líneas
que solo cuentan en el empeño de lo abyecto.





