Desnuda de oropeles,
ensimismada y galante,
despojada de sus nardos y laureles
y de la estela embriagadora;
allá arriba, en el ábside de la cúpula,
como diosa del mutismo
y la nocturnidad silente y brillante.
De su desnudez nos queda
su tocado de mimosa dulzura
y esa escolta multitudinaria de claror,
de todas y cada una de sus miradas.
Hoy es poco más de una sonrisa apaisada,
un destello, pero guarda en sus dependencias
los vestidos talares de las divas y diosas,
del que los espejos del mar
saben tanto, aunque por lealtad callan.
Hoy es pura desnudez recatada,
tan solo un leve memorándum,
un fanal que nunca se oscurece
y cuyo brillo es inextinguible.
