La levedad, la maniobra grácil,
la superabundancia exquisita y multiplicada,
la similitud mimética en cada columna,
en cada escuadrón que se desliza,
en cada avanzadilla que sigue el impulso
de los bucles que le precedieron.
La ingravidez en la escena,
donde el esfuerzo desaparece
y se entroniza la sutilidad y la gracia,
la belleza suma en desplazamiento,
la armonía en despliegues y rasantes,
como canción que se desliza por su partitura.
Un ballet sin ensayos ni estrenos,
pero con el éxito asegurado
en la mímesis de sus ancestros.
Un nuevo despertar genético:
lo sumamente hermoso ha resucitado.





