Por el retrovisor de los días,
siempre fueron ardientes y lasos los veranos,
eran revestidos de un cierto informalismo
en su decorado, y con salida del calendario
por lo permisiva puerta trasera de lo vacacional.
Al suelo patrio llegaron las exuberancias
y hasta las tormentas de otras conductas,
más ligeras de ropa y lascivas, más permisivas;
pero potencialmente incandescentes
y también muy contagiosas en grado sumo.
Se asentaron las modas, se acortaron
o desaparecieron los dobladillos
y con ellos todas las dobleces de lo inane.
También se perdieron los pregones y arengas,
y ahora nos parece todo un nuevo despertar.
La mirada se perdía por el desfiladero
de lo expuesto y, a veces, se atormentaba
en lóbregas e inquietantes pesadillas,
pero volvía a buscar la lozanía de la luz
en la sonrisa tímida de unos labios no besados.






