Señor,
intuyo que eres pluscuamperfecto,
y,
por tanto, sospecho
que
también lo han de ser tu bondad
y
tu generosidad con certeras
y
muy poco ponderadas mayúsculas;
así
que me verás a través de lentes de aumento,
y
hasta me has de catalogar como digno merecedor.
Un
lejano día, jugué con unos anteojos
que
tenía mi abuelo en su desván,
tratando
de descubrir el más allá,
y
a fe que me resultó muy divertido:
cuando
lo manejaba correctamente,
apareció
en primer plano un afilador,
de
cuya muela surtían estrellas chispeantes
que
se elevaban a los cielos
y
desaparecían al instante
envueltas
en los flecos gaseosos de la nada.
Luego,
le di la vuelta,
y
las figuras se despeñaron por el barranco de lo infinito;
entonces
vi a un policía infantil
que
detenía a un automóvil de juguete
y
le imponía una infracción,
obligándolo
a viajar en sentido contrario.
Cambié
a la postura de proximidad
y
el niño era un anciano atribulado,
y
el policía infantil un laureado oficial
que
le ayudaba a encontrar
el
camino correcto.
Señor,
intuyo que eres pluscuamperfecto,
que
me cuidas en la distancia
y
que me esperas con ternura;
pero
no sé por qué lado de tus anteojos
me
observas y me soportas sin corregirme.