Tanto en el naranjo como en el olivo,
y también en la higuera o el almendro;
en cada rama del árbol,
bisbisea la misma esencia
desde las raíces a la copa.
Una rama, un brazo rígido, un fragmento
que se hace la ilusión de ser autónomo,
pero que se amamanta de la misma ubre,
de la misma sabrosa savia,
en cuyo sabor sabe deleitarse, crece,
se desarrolla y se produce.
Dependiendo de la altura sobre el tronco
y de la orientación en suerte,
a una rama le azota el Levante
y a otra el Ábrego o el Poniente;
una se ensortija su pelambrera
y otra mece su melena
al soplo de las circunstancias.
Cada rama, genuinamente única,
absoluta e irrepetible,
es conjunto y es convergencia
de cómo lo esencial de la vida
es invisible a los ojos
y pasa de puntillas
sin apenas levantar sospechas.





