"Este
pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está
lejos de mí.
(Mc 7, 6)
Cada quien a lo suyo, interiorismo,
tal vez escaparate bien esmerilado:
cada uno a su interés y a su pecunio,
conservando los criterios formales
con los que revestir de solemnidad,
la ancestral tradición y las maneras.
Huestes que cumplen con rigor
las etiquetas sociales: cada pauta,
cada norma, cada arraigo sensato
y también los formalismos vacíos,
esos que nos hemos entregado
y nos conducen por las vías diáfanas
de lo que conviene y es menester.
Las normas, la lúcida propaganda,
el formalismo social de incluir a los inclusos,
de mirar de soslayo a quienes no convienen,
a los de color cetrino o retinto, a las etnias
que han dejado una larga secuela
-vivencial y adversa-
en nuestras añoradas tradiciones,
salvo los que han pasado por palacios
y han sido servidos por palaciegos.
Normas, porque más vale prevenir,
que amarga y tristemente lamentar.






