Sobre el mantel, lo impoluto,
lo sublime de lo planificado,
el equilibrio estético de la cubertería
dibujando el ámbito del plato
y las copas luciendo la sed radical
de una giba que espera saciarse.
No hay lugar preferente,
la mesa redonda es un principio
y un fin en si mismo, la igualdad,
la equidad entre todos los partícipes:
igual luz, idéntico destello, saciedad uniforme.
A los gestos y las sonrisas
se suman los abrazos, la espera contenida
y las agudezas de quienes se anticipan
con gestos diáfanos el compartir.
Un trasiego de platos y un paladar
de sobresalto en sobresalto
por la escala de los sabores y las apetencias.
Quedaron para comer, pero también
para hablar, para caracolear por la actualidad
en tan suprema compañía.
En la sobremesa, entre tragos largos,
cuando el mantel ya no es impoluto,
alguna que otra acidez que soslayar
para evitar los enconos y discrepancias,
practicando el equilibrismo del si pero no:
a escote, y con las reservas oportunas,
todo es mucho más placentero.






