La música es virtud,
virtuosismo subrayado de la realidad,
subvertida o imaginada y ponderada.
Un prodigio que transitas las escalas
y las vincula a una melodía,
como el cenit es la antesala de la noche.
Un presente que se mueve por los tiempos
con la agilidad y la destreza
de viajar entre el ayer y el mañana
sin cambiar de estado,
apenas con el roce del arco
o el aserto de un sostenido
que se eterniza en un sueño.
Una aventura que se hace presente.
Que pespuntea entre la cuerda y el metal,
que pasa del alarido al llanto,
de la congoja al pico de tormenta
o a la ternura,
y que se adormece en la melodía.
Un prodigio que invita a danzar
a pecho descubierto,
y sin temor ni pudor a perderse.





