Cuando la lluvia pasa de ser generosa,
y hasta vocea el nombre de Noé
en brazos o de la mano de un bombero,
que te ayuda a cruzar la calle
únicamente con lo puesto.
Cuando atrás se quedan las pertenencias
y solo te acompañan los recuerdos,
las vivencias entre esas paredes,
las fotografías de quienes te precedieron,
que son los sillares de tu propia vida
y también la de tus herederos;
las risas, las lágrimas, los lamentos...
Cuando el enchufe se cansó de dar luz
y ahora da agua a manos llenas,
cuando el suelo es un manantial inagotable
que hasta ahora había vivido días resecos.
Cuando la cama juega a ser patera
y las paredes amenazan con desplomarse
y hasta revolcarse por el suelo de impotencia.
Cuando al derrumbe de los escasos ánimos
se añade la casi certeza de un abatimiento,
la resignación es suma de calamidades
en un polideportivo donde habita la solidaridad,
y se enjugan las lágrimas propias y ajenas.






