Una mirada de soslayo,
un encuentro tal vez no buscado,
un visto y no visto que se refleja e ilumina,
que viste con galanuras de cine,
una aparición sorpresiva
y acaba por recrearse, retocar el gesto,
y asomarse de nuevo asumiendo el papel,
para finalmente corresponder
con la gestualidad de una sonrisa.
En el segundo intento,
una sonrisa pícara que busca confirmación,
que eleva el acento
y se complace, que se reconoce
y acaba por atusarse el cabello
y girar la cabeza
buscando lo que queda oculto
al otro lado de la visión frontal.
Ahora, a sabiendas,
una barra de labios que acentúa el carmín,
una sombra de ojos que delinea las estrellas
y enmarca en el porta retrato de lo sublime;
un cepillo, un peine, una nube de laca
que se aposenta y desaparece,
unas gotas de perfume que todo lo sublima.
En el espejo queda un rastro de identidad,
una ráfaga de luz intimista y recurrente;
apenas una raya en el agua,
una visión momentánea que perdura
y encuentra feliz acomodo en el recuerdo,
pero que se desvanece y oculta
en cuanto le da la espalda:
una mirada refleja y soñadora
ha de seguir el fulgor de un nuevo rumbo.






