Se nos olvidan nuestros mayores,
y, para algunos, ni siquiera cuentan,
o lo hacen en pretérito imperfecto,
que es un agua que no mueve molino.
Últimamente se les ha alargado la vida
hacia la aislada senectud en soledad,
sin darnos cuenta que, como la infancia,
también ellos necesitan ser ayudados.
Son frutales si frutos, sin flores,
sin otra ofrenda que ser leña seca
o apenas un tocón que habla del ayer,
pero que olvidaron conjugar el futuro.
Es verdad que de sus selectas ramas
salieron los mejores brotes y los injertos
que hoy están enramados y arracimados,
florecientes activos en plena producción.
La eternidad está anillada a la historia,
pero no se justifica sino en el presente,
para quien únicamente cuenta la cuenta
y no la añoranza de un tiempo remoto.
La eternidad está en los anales históricos,
pero el tiempo que no es presente activo
es un reloj parado que ha dejado de funcionar.




