En gerundio, uno no se siente solo,
pues va acompañado de ese cortejo
anómalo, incógnito y populoso
que aporta el bullicio,
aunque ellos vayan al pairo, como hojas secas.
“He andado muchos caminos…”
Ahora lo hago sin ruta fija
y sin otro objetivo que ejercitar la musculatura,
para que se afiance en mí y no me abandone
en la lasitud de la inoperancia.
Como contrapartida el murmullo de la ciudad,
y el infernal ruido, a veces,
me cuenta al oído las peripecias
de quienes se cruzan en mi camino:
viene a ser como un muestrario de la A a la Z,
un surtido entre la vanagloria y la inoperancia.
“Yo voy soñando caminos de la tarde”,
de mi atardecer, mas sin dejar de soñar.




