Seguir, como sigue el río su curso,
sin la certeza de lo que le espera
al otro lado del meandro
o tras el salto al vacío en la cascada,
por donde desaparecieron
las preeminentes entes que le precedían
y que se disfrazaron de espuma.
Seguir, como sesión continua de presentes
que nos permite reflexionar sobre el ayer,
pero no nos facilita vislumbrar el mañana
que hay tras los visillos del nuevo amanecer.
Seguir, con la única certeza de los recuerdos,
los ejemplos de otras vidas, no idénticas,
cuando vencieron las resistencias
por el pedregal inhóspito del día a día.
Seguir, sabernos hacia la desembocadura,
donde seremos recibido con alborozo,
y nos abrirán de par en par los horizontes,
y nos añadirán, con mesura, el puntito de sal
que siempre engrandece los sabores.
Seguir y asumir nuestro destino último,
aceptando la voluntad suprema,
con la mirada puesta en la misericordia
y con la esperanza como salvoconducto.






