Distanciamiento, una estancia extraña,
donde ahora se aloja la niña que fue
y se ha descosido por el camino
el dobladillo de todo su ajuar
y hasta es ausencia perenne
la mano de la que caminaba
con toda solvencia y aprovechamiento.
En sus ojos un sello traslúcido
con el que estampillar y confirmar
el visado que posa ante ella.
Desabrocha la sonrisa,
abre los brazos como al abrigo
de una dársena inesperada y segura
en la que balancearse y acunar
un pasado no tan distante,
del que le quedan dos potentes referencias:
el aroma a café y el subsiguiente requiebro
y una cascada de caramelos
como festivas sonrisas juveniles,
esquirlas de un distante pasado.