A Sonia Castillo Haro
Te intuyo y te adivino
entre una sonrisa atropellada
y la catarata conmovedora de un llanto
que se interpone como eclipse lunar,
desarbola la estela de la goleta
y acaba con el gozo de la travesía.
Tu voz de niña se ha curtido
en el azote del dolor crónico,
y ahora andas entre trompicones
de inestabilidad y la nostalgia
de los sueños incumplidos.
Yo que me conozco la coral del camino,
te pienso, te intuyo, te anticipo
y también te acierto;
aunque en verdad,
daría algo valioso por equivocarme
y descubrir en tu semblante
un nuevo y resplandeciente amanecer.