Ese gesto de ausencia,
ese eclipse en el que te globalizas,
esa mirada más allá del horizonte,
donde la respuesta va de cero a infinito,
huera o campanuda.
Ese extravío en una silla de ruedas
manejada por una nieta postiza,
nacida del otro lado del mar.
Esas ramas del paseo,
la agitación melenuda de la brisa,
la diversidad de hibiscos de colores,
en competición armónica,
y tu mirada perdida
en el anodino infinito.
Vas. Te llevan, pero lo ignoras todo.
Miras sin ver, y quien te mira se pierde
sin conocer tus adentros.
Se aproxima el medio día
y pronto volverás a casa,
tal vez sin los tuyos;
pero la joven inca que te lleva con mimo,
cuidará bien de ti
con indudable preferencia nacional.






