Fotografía de Ana Escalera
Jovial, inocente, divertida,
la ciudad le resulta un mundo convulso,
una mezcolanza de ideas
y también de intereses,
-a veces contrapuestos-
En la homogeneidad de la campiña,
el trigo es uniforme de camuflaje
y el campesino sólo piensa en cálculos,
ni siquiera en silos o en levadura
para tantísimo fermento,
sino en la escalada de su cuenta corriente.
La mirada se pierde en la uniformidad
del cereal como cuerpo de ejército,
en formación de revista, mientras Ana,
su joven criatura, juguetea con la cámara
entre un mar de espigas idénticas.
A lo lejos, junto al otero, una mancha carmesí,
un receso improductivo para recrear la mirada
que andaba perdida en la monotonía,
un jolgorio enrojecido de sorpresa
en la que la joven clava su aguda visión.
En medio de la homogeneidad,
la simpleza del decorado improductivo,
una escenografía de encarnado júbilo,
el guiño que concita el objetivo de Ana
y de todas las miradas ociosas.






