Imagen de Ana Escalera
La espera, la desesperante espera,
un tiempo monstruoso y sin medida
con el ácido amargor de la desesperanza
pidiendo rendición;
una batalla abierta con la ilusión haciendo guardia,
aunque se cuela por las confiadas rendijas
de un regreso incierto,
la amenazante duda, y sigue esperando.
Se acentúa el dolor en músculos y vísceras
y en el mustio silencio invita a la rendición,
aunque es figura innegociable
que tampoco tiene cabida en su diccionario.
Al cansancio se le suma el desaliento
y al sueño la fatiga y el vago hilo de esperanza
en el que se afianza la espera.
Apoya la cabeza en su mano derecha
y el brazo en el bastidor de la ventana,
siente el acero de un vacío interior que le saja
y le supura acidez repugnante en la boca.
No ha dejado de repetir su nombre mentalmente,
de deletrearlo a ciegas en ambas direcciones,
para acabar en el grito silente de la soledad.
Pasó la noche, la luz del sol baña el horizonte,
pero ella solo siente la necesidad de esperar
y no rendirse nunca. La espera, la esperanzada espera.





