Los ojos, expresión silenciosa y vivaz
que comunican y sellan cada afirmación
o cada negativa, cada resplandor,
y también la opacidad de los silencios.
No es verdad que estén limitados,
tal vez nuestros sentidos no sean aptos
para percatarnos de cada uno de sus asertos,
así como de sus rechazos;
pero es evidencia irrefutable
que sus expresiones se hacen audibles
y confirman o deniegan cada una de las interrogantes
en lo recóndito de nuestros pensamientos.
También sonríen, cuestionan, dudan,
o exigen un argumento más contumaz
cuando el perfil captado es escurridizo
y se cuela por lo oblicuo de lo tangencial.
Tanco cuando afirman, como cuando deniegan,
apostillan y sellan con lacre cada aseveración.
Es parlamento que no necesita audífonos,
sino complicidad en la mirada
y apenas un ramillete de símbolos
capaces de sintetizar todo un tratado comunicativo.
Cuando te miro, cuando me miras,
tu silencio y el mío se me hacen audibles.






