Viernes por la tarde,
un río humano desbordado
que se remansa por ambas orillas,
sobre taburetes y veladores,
en la porfía de escanciar cervezas
como en una apuesta sin límites.
En una mesa contigua,
un no tan joven manipula una guitarra
con acordes que evoca aires flamencos
y termina por arrancarse por fiesta.
No lejos de allí, un grupo numeroso
se arracima ante una pantalla gigante
y brindan cada gol como si en ello
les fuera la vida misma.
Por entre el gentío, circula un desconocido
apelando con tristeza a la misericordia,
con gesto de apenada derrota
y un vasito de plástico con algunos céntimos;
en competencia con el vendedor de ocurrencias
y el del cesto de almendras tostadas,
calendarios o un surtido de estampas de culto.
Me sitúo en perspectiva
y observo con cierta minuciosidad,
un supuesto saque de córner,
desde el “amanecer” “veneranda”
hasta el concurrido “central”:
un rincón síntesis de toda la Alameda.
Más tarde, hasta la madrugada,
sin pausa y sin prisas,
se orillarán hacia copas
y combinados con mordiente,
acordes con la nocturnidad
y la respuesta que el organismo intuye
y el bolsillo soporta.
A los cuarenta ya deja secuela los años
y urge a los cuerpos por vivir intensamente,
aunque la intensidad sea un atentado
contra si mismos y también el vecindario.




