No sé si el espejo del baño
sabrá leer los surcos de la piel
y sus protuberancias,
o se calla por prudente
o por reservado se desconecta,
cuando lo miro aguardando
una respuesta.
¡Qué pendiente es la cuesta
que lleva a la desembocadura!
Los meandros no permiten ver
los límites del paisaje;
todo es más parsimonioso,
y en su lentitud
desenfoca la visión y la emborrona.
Silencio por respuesta:
una contrariedad
que humilla y desconsuela.
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