Hemos sido testigos mudos
y todo pasó por fuera de nuestros linderos;
sin escaleta, pero con banda sonora,
articulando cada uno de los movimientos,
aunque ajenos,
muy ajenos a lo que estaba sucediendo.
Testigos sin testimonio,
con una amalgama confusa
que aporta más atropello
que diligencia ordenada y armónica.
Ha sido un paréntesis obligado del calendario,
algo quizás planificado que lleva su propia inercia,
pero que vuelve a dejarnos en el arcén
sin las golosinas de lo imaginado
ni la capacidad de encontrar el camino de regreso.
No hemos entendido el júbilo,
tampoco somos capaces de explicar
esta vuelta atrás que nos devuelve
al punto de partida,
como orillados en un itinerario sin meta.
Del relumbre a la penumbra,
una vuelta atrás que conduce al caos,
donde el amanecer fue tan solo
un ilusorio bostezo
para el que no nos habíamos preparado.
Tan solo testigos
de un inexplicable misterio que no sabemos
hacia dónde conduce, ni por dónde
llegar al atajo que nos devuelva la ilusión:
un no pasa nada, donde hubo pasado todo.





