Mil ciento sesenta y cuatro metros,
la mirada que se eleva hacia el cielo
y escala desde la orilla del mar
por caminos que ascienden
y senderos que merodean los trancos.
Mil ciento sesenta y cuatro metros,
en la ascensión fatigosa,
al alivio de las sombra y la acicular
música de los pinos.
En la orilla, el salitre y la caracola,
los cuerpos semidesnudos al sol,
la música salada y los exabruptos del Titán
que no ha podido vencer su medio,
ni con el tridentino bielgo,
para subir y contemplar desde las alturas.
Mil ciento sesenta y cuatro metros,
atrás ha quedado Puerto Rico, bajo y alto,
atrás los anchos caminos y cierto vecindario
atrincherado sobre la cúpula poblacional;
por doquier el tomillo, la jara, el espliego,
los himnos de gloria que acompasan la ascensión,
y también la fatiga acumulada,
todo eso que será olvido junto a la Cruz,
una vez se haya coronado con éxito
los mil ciento sesenta y cuatro metros,






