Por fin,
después de un retraso eternizado,
comenzó a otoñear,
en vísperas de que alteremos los relojes
y les forcemos a cambiar el paso.
Hoy es otra mañana,
otro ayer acomodado al calendario
que viene a saciar la sed
de los campos calcinados,
de las cosechas ruinosas y esqueléticas
que por fin lucen una sonrisa.
La luz taimada por las nubes
no permite ver, ni tampoco escuchar,
la carcajada festiva de los sembrados,
tampoco del olivar, ni de los naranjos;
pero la llegada, tras tan larga espera,
es una sonrisa expectante y agradecida,
un abrazo reverencial que habla en silencio.

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