No es el nombre
quien te concede todos tus atributos,
mas bien el perímetro
que lo engloba y preserva.
Tu nombre es fruto rojo en mis labios
y, previamente, apetencia en mis sentidos;
es aroma irrepetible en la cercanía
y también en el memorando de los recuerdos,
es placentero adagio en mis oídos
y juguete o joya caprichosa
entre mis dedos al escribirlo,
o al prefigurar rotularlo en la arena.
Tu nombre es estacha que ata y vincula,
es pertenencia dentro de mi pecho
y vínculo perpetuo
como promesa en cumplimiento.
Hoy y siempre, tu nombre,
el azahar que me deleita,
la identidad que me complementa y colma.
¡Feliz onomástica!





