He intentado entonar un cante
y me salió un lamento,
una queja arrancada de las entrañas
que araña al pasar y carraspea.
Quise entonar por soleá
y un quejío salió de mis adentros,
aunque me electrizó
con ese compás que cuartea el alma.
Solo, sin otro acompañamiento
que el soniquete memorizado,
las venas inflamadas,
el pulso desbocado
y el corazón constreñido
en la tradición de los ancestros.
En la empinada cuesta de los años,
la fatiga está en el arranque
y el fracaso en no haberlo intentado.