A mi hermano Juan
El violín dejó una estela de regusto,
de dulce nostalgia enamorada y un paladar denso,
como de leche condensada
y almibarada a la infancia.
Eran los primeros compases
de “La leyenda del beso”
esos que te hirieron de infantil ternura
y te dejó marcado de manera indeleble
en el oído interno para siempre.
Es el inefable perfume de los recuerdos
que se enquistan, sin ser notados,
en las horas felices;
y ahí se alojan para siempre,
en aquel tiempo achatado por los polos
al pasodoble en masa
o el espectáculo del tango de Pedro y su sobrina
convocando todas las miradas.
Ella era ligera como una pavesa,
como esos confetis lanzados al aire
que danzan en la ingravidez de lo sutil
hasta caer al suelo en amalgama de color,
o remontan y levantan el vuelo,
sin conocer el destino, antes de posarse.
Son recuerdos tan imprecisos como fijos
que hoy gravitan en el aire,
como aquel cuerpo joven y grácil
que evoluciona colmado de emoción
en escala oscilante de candor y de ternura.





