Me gusta merodear
por las callejas del pasado
y pasearme del brazo
de mis recuerdos.
Pero antes,
a modo de profilaxis,
usar el bielgo y aventar
aquello bueno que me hirieron,
o escocieron y se enconaron;
esa misma selección
que hacía el abuelo
preseleccionando las semillas,
para garantizarse
o poner lo medios
de estar barajando lo sano,
lo fecundo y prometedor.
Sentirse solo es saberse naufrago;
con vida, sí, pero en riesgo
de que no merezca la pena.
Se necesita el eco del otro,
sus aplausos y también
sus pataletas o desacuerdos,
para encontrar
nuestra verdadera ubicación
en los despoblados de esta sociedad.
Hablo de mí;
quizás a ti todo te suene superfluo.



