Se me incrustó como si lo hubiera maquinado
en la contraportada de una novela,
con sus calles infectas y sus avenidas
inmensas y prietas de lujosas mansiones,
con provocaciones de gestos refinados.
Fue mayor el número de los que me ignoraban,
que de aquellos otros que se ofrecían
en sus miradas expectantes:
no alcanzo a evaluar en qué idioma se expresaban,
pues tanto la sonrisa como las miradas inquisitoriales
pertenecen al mismo mutismo
que interpreta el libre albedrío.
Una multitud en todas partes,
una turba de gente anónima
unidos por el espanto y las prisas
y con todo el desapego imaginable.
Ahora dudo si estuve o lo he tramado,
si salí de mi periferia
o he sido abducido sin billete ni visado.