Me levanté de puntillas
para no sobresaltar al alba,
y tú seguías entregada a la almohada,
con la melena arrebujada
en caótico desorden.
Procuro arrancarle a la noche
las esquirlas del alba,
y trenzar, en la terraza, el advenimiento
de la luz y la verticalidad del día.
Cuelga, entre bastidores, radiante luz
y un grácil cortinaje gaseoso
tiembla nervioso ante la brisa
y termina por abrirse de par en par.
Te acercas, pura y virginal,
sin haberte despedido de la noche,
y con la sonrisa envuelta en un bostezo.
¡Ya es pleno día!
















