Identificarme
en un papel
es
tan absurdo y peregrino
como
haber sido engendrado
siguiendo
los pasos de un boceto.
Debí
ser concebido para lo liviano
y
he respondido a esos cánones
salvo
en el capricho de alguien
que
más tarde quedaría decepcionado.
Disfruto
más de la mar desde la orilla
que
cruzando azaroso sus aguas:
las
aventuras con poca sal, el horno medio,
con
algo de miedo y mucho respeto.
De
las montañas me apaño
con
aquellas cotas que son de mi talla,
que
los miles me enturbian la mente,
me
desorientan y hasta extrapolan.
Del
extranjero lo justito para demostrar
que
sí he salido. En cambio,
casi
todo el mundo ha pasado frente a mí
y
me he complacido en entenderles y ayudarles,
tal
como exigía el desempeño de mi empleo.
En
lo oculto de mi cuarto, en lo íntimo,
con
la luz imprescindible para una buena visión,
he
saboreado infinidad de palabras,
por
eso mis referencias son más a terceros
que
a mis propias vivencias.
Yo
no tengo mucho que decir,
pero
sí mucho por aprender.