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25 abril 2024

CANTINELA

 





A hoy le debe seguir mañana,

pero le sigue la cantinela,

una calcomanía del hoy,

como a la una le sigue las dos

con su mismo sol ardiente: cantinela.

Mañana volverá a ser una copia,

idéntica letra: cantinela.

Algunos madrugan mientras reniegan,

otros reniegan y llegan tarde;

los viejos se desvelan

porque han dejado de soñar:

todos los amaneceres son idénticos.

Los jóvenes aplican las fórmulas aprendidas

y no le salen las cuentas:

la misma cantinela. Siguen

viviendo en casa de sus padres.

Así, mañana, torpe cantinela,

sigue con letra y música de ayer

para no acabar nunca de ser mañana.

27 septiembre 2017

DE REPENTE LA LLUVIA





Había dormido en el parque. Llevaba
consigo sus escasas pertenencias.
Se despertó a las primeras luces del día
como con una caricia, sin violentar la escena,
sin ningún aspaviento; dulce, quedamente.
Al echar los pies del banco de madera,
las hojas caídas sobre él durante la noche
saltaron en su levedad para caer de nuevo al suelo
y perderse en el anonimato de la abundante alfombra.
A los primeros pasos, un redoble crujiente
de ocres, verdes macilentos y cárdenos ojerosos
envolvían sus pasos en entidad de mendigo.
Aquella sombra que desplazaba parsimoniosa
parecía no dirigirse a un lugar concreto;
junto a la fuente, antes de beber,
se agachó a recoger una colilla
que acarició entre sus dedos con deleite.
Tiraba del esqueleto metálico y desvencijado
de lo que fuera un posible carrito de la compra,
con un par de cartones mugrientos
y otras tantas bolsas de plástico repletas de…  cosas.
De repente la lluvia nos sorprendió a ambos:
yo me dispuse a cerrar con diligencia la ventana
y él desapareció de mis vista para ser de nuevo
tan invisible como siempre son estas sombras.

06 junio 2014

EL SOLDADO Y LA BAILARINA

Quienes me siguen desde hace tiempo, saben que sólo publico originales propios, pero hoy tengo un gozo especial en presentaros un cuento de mi hijo Carlos.



Érase una vez una ciudad. Y en esta ciudad había una casa. Y en la casa vivía una familia. Y la familia tenía dos niños: Andrey y Tatiana. Andrey era el hermano pequeño, 7 años, mientras que su hermana ya tenía 12.

Esas navidades recibieron una visita especial. Su tío Stepan vino de Moscú para pasar la víspera de Año Nuevo con ellos. Andrey adoraba las visitas de su tío, porque siempre le contaba muchas noticias e historias de la gran capital. El Tío Stepan trajo un extraño paquete consigo, pero Papá y Mamá rápidamente trataron de ocultarlo a los ávidos ojos de sus hijos.

Así pues, el último día del año, disfrutaron de una espléndida cena juntos. Al final de la cena Papá y Tío Stepan estaban tan contentos que incluso empezaron a cantar algunas canciones tradicionales. Probablemente el ardor de sus corazones se debía al fuego de la chimenea, el vodka y la compañía de los seres queridos.

Para Andrey y Tatiana la víspera de Año Nuevo concluyó con su Tío Stepan contando historias sobre la capital, sobre extraños y remotos países y guerras antiguas pero no olvidadas.  Cuando Andrey se quedó dormido cerca de la chimenea, Mamá decidió que ya era hora de que los niños se fuesen a dormir a sus dormitorios.

A la mañana siguiente, los niños se despertaron muy temprano, no en vano había estado esperando esa mañana durante mucho, mucho tiempo. Porque era el Día de Año Nuevo, y nuevos regalos les estarían esperando en el salón.

Y así era. Andrey fue el primero en despertarse y bajar de su dormitorio. En seguida vio un paquete con su nombre, y nervioso, arrancó a tiras el papel de regalo.

-       ¡¡Oh!! ¡Qué sorpresa! ¡Es fantástico! – exclamó.

Había recibido una caja con diez soldaditos de plomo, vestidos con uniformes de soldados del siglo XIX, y una caja de pinturas con muchos colores para colorearlos. E inmediatamente se puso a jugar con sus nuevos soldados.

Tatiana recibió un regalo diferente. Era una bonita caja de música, con la figura de una bailarina. En la caja sonaba una maravillosa melodía (“Oh, Tchaikovsky”, dijo Mamá) mientras la bailarina se movía alrededor de ella girando y levantando sus piernas graciosamente.



Tatiana estaba encantada. La cajita de música era preciosa, y además tenía un cajón secreto “donde puedes guardar tus propias joyas”, explicó Mamá.

Los niños no sabían (aunque Tatiana sospechaba algo) que la caja de música y los soldaditos de plomo habían llegado junto con su tío en ese misterioso paquete.

Andrey pasó todo el día jugando con sus nuevos juguetes. Le dio nombre a todos los soldados, y les presentó a su capitán. Porque Andrey ya tenía a su Capitán.


El juguete favorito de Andrey era, sin ninguna duda, el valiente soldado Igor Nevalyashkov. Había jugado con él desde que era un bebé. Igor Nevalyashkov, el valiente e invencible soldado que siempre se recuperaba de sus heridas. No importaba lo fuerte que le empujases, Igor siempre se volvía a levantar.

La noche llegó nuevamente, y después de un largo día Andrey se fue nuevamente a la cama, pero no antes de guardar cuidadosamente todos sus juguetes en el Baúl de los Juguetes, porque Mamá era bastante inflexible con ese tema.

Tatiana puso su nueva Caja de Música sobre el escritorio y también se fue a dormir.

Bien pasada la medianoche. Todo el mundo estaba durmiendo. De modo que nadie podía presenciar los extraños milagros que sucedían en el Baúl de los Juguetes.

Porque nuestros queridos Andrey y Tatiana no lo saben, como también lo ignoran la mayoría de los niños. Pero sus juguetes son mágicos. Y durante la noche, cuando nadie puede verlos, cobran vida.

Because our dears Andrey and Tatiana don’t know it, like most of children ignore. But their toys are magical. And during the night, when nobody can see them, they become alive.
Igor Nevalyashkov pasó revista a los nuevos reclutas.

-       Buenos chicos - pensó – Aquí tenemos una magnífica patrulla.

Pero de repente Igor fue distraído por un sonido extraño. Una música venía del escritorio de Tatiana. Y naturalmente, se acercó a ver qué pasaba. Pero no estaba preparado para ver lo que vio.

Moviéndose con la música, Igor vio la criatura más bella y maravillosa que había visto jamás en toda su larga vida (considerando la vida de un juguete).

En el escenario del teatro imitado en la decoración de la caja de música, como si fueran las tablas del mismo Teatro Bolshoi, una sola bailarina danzaba.

Estaba vestida por completo de blanco, blancas medias y un níveo tutú. Pelo negro intenso, peinado en un moño, más oscuro que un carbón en una mina profunda y oscura. Una figura graciosa y delicada, finas piernas y estrecha cintura. Igor nunca podría haber imaginado que brazos y piernas pudiesen moverse con esa gracia, siempre bailando al ritmo de la música.

Su piel era incluso más delicada que la fina Porcelana Imperial de los Zares. Y una enigmática sonrisa estaba pintada en su rostro.


Igor no pudo articular palabra hasta que acabó la música. De hecho, estaba tan aturdido que no pudo pronunciar ni una sola palabra esa noche.

Pero a la noche siguiente volvió a la caja de música, a disfrutar nuevamente del espectáculo. Cuando terminó la música se atrevió a preguntar

-       ¿Cuál es tu nombre, dulce cisne blanco?

Ella rió, divertida, pero desapareció al cerrarse la tapa de la caja, como cuando se cierran las cortinas del teatro cuando acaba el ballet.

Desde ese momento, Igor no pudo pensar en otra cosa que en bello Cisne Blanco que veía bailar cada noche.

Los días pasaban, y Andrey seguía jugando con sus soldados, capitaneados por el valiente Igor. Pero, de repente, un día, cuando Andrey jugaba a reproducir una de esas batallas que su tío le había contado tantas veces, Igor Nevalyashkov cayó y no pudo levantarse solo.

-       ¿Qué te ocurre? ¡Igor, en pie! ¡Vamos! – dijo Andrey. – ¡Te necesitamos, estamos perdiendo la batalla!

Pero Igor no se levantó.

Andrey habló a su padre esa tarde, lloriqueando.

-       ¡Papá, no sé lo que le pasa a Igor! ¡No se levanta! ¡No lo entiendo!
-       Está bien, Andrey, déjame que le eche un vistazo…

Papá examinó el juguete concienzudamente, pero no pudo encontrar nada extraño o fuera de lo normal en él.

-       Andrey, no sé lo que pasa, pero ahora el juguete pierde el equilibrio y no se puede levantar. No sé por qué… Quizá hay algo roto por dentro.
-       ¡Pero no es justo! ¡Yo quiero que funcione como siempre!
-       Lo siento, hijo mío, pero estas cosas ocurren. Todos los días hay juguetes que se rompen. Pero no te preocupes, pueden sustituirse por otros nuevos. Y tienes un nuevo pelotón de soldados para tus juegos.

Y así sucedió que el viejo y valiente Igor Nevalyashkov, experimentado veterano de guerra, imbatido en mil batallas, perdió su equilibrio y no pudo levantarse solo de nuevo.

Como un buen soldado, había sido preparado para resistir. Gran barrigón y un centro de gravedad bajo. Sin cerebro, para obedecer todas las órdenes sin pensar, y sin corazón, para ser capaz de matar en un abrir y cerrar de ojos, sin remordimientos.

Pero cuando Igor empezó a albergar sentimientos sobre la bailarina, empezó a perder su equilibrio. Día tras día sus sentimientos crecían, y su corazón se hacía más pesado. Y esa fue la razón por la que un día no pudo volver a levantarse.

El viejo y valiente Igor Nevalyashkov, soldado, veterano de Guerra. Derrotado por el amor.


Carlos Espada   01/06/2014

19 abril 2013

MANOLITA


No nació para soltera; nadie nace con un destino trazado del que no pueda zafarse. Es la vida una suerte de posibilidades por las que uno va optando aunque no tenga plena conciencia de ello. Eran tiempos difíciles. Su padre embarcó en Vigo rumbo a América y nunca más supieron de él. Su madre, en momento en los que debía dar explicaciones siempre rompía con el mismo latiguillo: “dijo que iba a comprar tabaco”.

Vivían en la portería de un viejo edificio de la Plaza de Cascorro, donde la vida era a diario apacible, salvo los domingos. Ella era para todos Manolita la de la Portera, y sabía de escasez tanto como de chalaneo los mercaderes domingueros del Rastro. Ella se refería a su piso, pero aquel habitáculo oscuro e insalubre sólo tenía una ventana a la calle donde desde que tuvo uso de razón había conocido la máquina Singer con la que pedaleaba su madre en los ratos que le permitía su labor como portera.


Manolita se aplicó en la tradición materna de la sombrerería, pero los malos tiempos y la moda que le dio porque mujeres y hombres fueran descubiertos, hizo que se viera forzada a cambiar de oficio y dedicarse a los arreglos. Su madre estaba mayor y enferma, no tenía otra vivienda que aquél chiscón donde la única alegría era la ventana a la plaza y llevar la vida de las vecinas. Con el tiempo se hicieron con un aparato de radio que estaba como estático a la frecuencia de Radio Madrid. El único momento de silencio en el bloque era la hora de la novela. Ella estaba enamorada de la voz de Pedro Pablo Ayuso, pero lo imaginaba mayor e inaccesible. Su madre enferma, tuvo Manolita que ocuparse de las tareas de la portería y nunca supo en su piel como era el tacto de un hombre. Nadie nace para soltera, se repetía a sí misma, y se consolaba esperando que un día apareciera por la portería un príncipe azul que la rescatara de aquel agujero y la instalara en el Argüelles o en el Barrio de la Concepción o en Carabanchel, qué más da.

Aquel domingo lluvioso tuvo un mal presagio; aunque lloviznaba, tenía la ventana entreabierta como buscando el aire que le faltaba. Su madre no pudo levantarse de la cama en todo el día ni le apeteció tomar nada. “Descansa, madre, lo que tienes es agotamiento”. Cuando Manolita se acercó a la mañana siguiente a la cama, su anciana madre ya estaba helada y rígida. Manolita heredó todo cuanto allí había: la máquina de coser, el abollado flexo y la radio con la que soñar historias de enamorados. Estaba segura que algún día un hombre la rescataría de aquel lugar en el que había transcurrido su vida. Ya no era una niña. Habían aparecido las canas y ni siquiera hacía por tapárselas. Poco después, un día de invierno, toco en los cristales de su ventana un hombre maduro de vestidos ajados y supo que no era el galán con el que ella venía soñado. “No siempre se consigue hacer las Américas”, le dijo, y Manolita le abrió la puerta.

14 abril 2013

EL FLAUTISTA DE HAMELÍN


Quienes vivimos en la ciudad solemos atrincherarnos tras la puerta de nuestra vivienda como si al cerrar la blindada y dar varias vueltas a la llave nos estuviéramos aislando del mundo entero. Recuerdo de mi niñez que en el pueblo las cosas eran bien distintas, la puerta estaba permanentemente abierta y sólo por las noches se ponía una silla tras la misma por si entraba alguien que se escuchara si alguien accedía al recinto. La puerta abierta no era una invitación a pasar, pero tampoco era una barrera infranqueable. Con frecuencia entraba una persona saludando al tiempo que penetraba. No se vivía solo; en casa estaban los abuelos, los hermanos, venían los primos, los vecinos, las tías; se compartían labores, se ofrecía y recibía ayuda para las tareas comunes del día a día…  hasta los animales formaban parte de la nómina en el ambiente rural. Por eso los gatos no eran como hoy animales de compañía, sino los encargados de salvaguardar el grano del soberado, y los perros eran los guardianes de las gallinas del corral y de todo el recinto. Todo esto tenía como consecuencia estar en vecindad con otros animalitos más invisibles, pero con los que se vivía con cierta naturalidad y de manera integrada.

El ciudadano de hoy se ha olvidado de ese vecindario inferior y hasta vive de espaldas a sus vecinos del piso de enfrente, pero el reino animal no ha renunciado  a la vida y sigue alimentándose de las carroñas que vamos soltando por sumideros y alcantarillas. Cualquier resquicio, cualquier mínima grieta es un pasadizo como quien dispone de una llave maestra a nuestro hogar.


Era el día y la hora de la cita cuando al abrir la puerta, el uniformado técnico de la empresa de desinsectación se disponía a llamar. “¿El Sr. Francisco?”, ¿Es usted Hamelín? Antes de esbozar una sonrisa se lo pensó un poco y finalmente respondió: “García, de García y Lombardi Limitada, la aniquiladora de insectos y roedores.” Calzaba guantes verdes e iba pertrechado de mochila y maletín que dejó a la entrada de la vivienda. “Con su permiso voy a proceder a sellar todo; ya sabe que hasta mañana no podrá acceder a su vivienda. Saque de la misma todo aquello que necesite mientras voy colocando cebos y sellando rendijas.”

No pude evitar transportarme de nuevo a esa infancia recurrente donde nada de esto sucedía. No puedo imaginar a mi abuelo abandonando su mecedora y su cama para limpiar de parásitos su vivienda, él que me enseñó a respetar a las salamanquesas, de quienes me contaba que era el mejor protector del hogar. Me salí al pasillo y dejé que García hiciese su trabajo con la meticulosidad que le caracteriza. Estaba preparado a oír la música de este Hamelín uniformado que no llevaba a la vista flauta ni ningún otro instrumento, aguardaba con curiosidad que en algún instante sonaran los primeros acordes. En eso que zumbó la voz firme de García desde el interior: “¿Todo listo? ¡Voy a destapar las bombas de gas y salgo de inmediato!”.  De repente, se empezó a oír una serie de silbidos monocordes, todos ellos afinados con la misma nota, y una nube gaseosa se esparcía por todo el recinto, al tiempo que de forma presurosa García tiraba del pomo de la puerta y me invitaba a cerrar con llave, mientras él sellaba con cinta de carrocero las rendijas de la puerta de acceso. Desde el exterior, imaginé el baile de todos esos mínimos vecinos ocultos por rendijas, falsos techos y bajantes, mientras seguían la nota silbante de los botes fétidos haciendo su propulsión tóxica.

10 mayo 2012

SABER PEDIR


Había nacido en el seno de una familia humilde y estaba acostumbrado a carecer de muchas cosas. Su mujer le insistía tanto que finalmente hizo un gran esfuerzo y compraron un televisor. A los pocos días de tenerlo, Darío comprendió la insistencia que había tenido su mujer al ver cómo el mundo se paseaba ante sus ojos. Por medio de la tele pudo comprobar Darío las muchas cosas de las que carecían, y de las que su mujer era como una agenda recordatorio; también pensó con cuánta ilusión recibirían su esposa e hijos las cosas con las que disfrutar de una vida más plena. Para él fue como descubrir un mundo nuevo.


Pero entre novelas y cine, entre informativos y cotilleos del corazón, les llegaba también una ingente cantidad de publicidad que estimulaba los deseos; así que Darío puso todo su empeño en pedir a Dios a todas horas por un premio importante que les sacara de aquella situación de penuria. Sacrificó el paquete de tabaco y echó una primitiva. Desde que despertaba hasta que se dormía, e incluso en sueños, pedía insistentemente a Dios que se sacara el premio. Y sucedió que un sábado se convirtió en el afortunado único acertante y ni siquiera sabía cuántos ceros a la derecha tenía aquella infinita cifra.

El lunes a primera hora fue al banco a ingresar el boleto, acompañado de su esposa, y pidieron algo a cuenta que ya les pareció una fortuna; una semana más tarde recibía Darío la demanda de divorcio y el régimen de visitas quincenales a sus hijos, propuesto por la abogada de ella y la invitación a marcharse de casa. Seguía sin saber leer el saldo de la cuenta corriente, la cual estaba bloqueada hasta que el juez dictara sentencia, cuando Darío se lamentaba de no haber sabido pedir lo que verdaderamente le convenía.

09 mayo 2012

LLORAR JUNTOS


Tenía una depresión de caballo. A veces le veía con la mirada perdida en ninguna parte, olvidado del mundo y de sí. Todos le decía: “No llores, tienes que hacer por cambiar”. Él no comprendía nada y creía que nadie hacía por comprenderle. Sólo sabía de una angustia que le asfixiaba, que casi le impedía respirar y que sentía alivio llorando. “No llores, tienes que hacer por cambiar”. No llores, tienes que hacer por cambiar, le repetía una y otra vez alguna parte de su mente, pero ni lo entendía ni sabía qué y cómo hacer para salir de ese infierno en el que se abrasaba.

Melancolía, de Munch

Terminó porque le dejaran solo y su vida fue una ruina absoluta cuando todos le volvieron la espalda; ahora echaba de menos escuchar en los otros: “No llores, tienes que hacer por cambiar”. Ya nadie le decía nada y cada vez se sentía peor. Un día lo encontré derrumbado en un lugar apartado del parque. Le miré y no le dije nada; me senté junto a él y me puse a llorar como queriendo hacer causa común con sus males. Al poco se dio cuenta y me preguntó: “¿Por qué lloras?” “No lloro por nada —le contesté—; estoy triste porque te veo llorar angustiado y no sé cómo ayudarte”. Se produjo un largo silencio. Al cabo, me dijo: “Otros me han dicho que no llore y que cambie, pero no sé cómo y finalmente se han alejado; tú en cambio me has acompañado con tus lágrimas”. “No se me ocurre qué aconsejarte ni cómo debes cambiar, como te han dicho otros; pero eso sí, haré lo que puedo, lo que sé; me quedaré contigo y lloraremos juntos hasta que salgas de esta”.

Le sonó a chiste. Me miró incrédulo; lo hizo con cara de sospecha y, tras una larga pausa, soltó una sonora carcajada, a la que me uní como por contagio. Ese fue el comienzo de su cambio; ahora sigue el tratamiento médico y está muy recuperado.

07 mayo 2012

EL MONSTRUO DE LA MONTAÑA


El maestro había pedido a los alumnos una redacción sobre las experiencias vividas en el fin de semana. El resultado fue que al día siguiente tomaron vida un montón de historias, la mayoría de ellas poco coherentes y muy mal escritas, salvo de la Hugo. Refirió Hugo que había ido con su padre a la montaña; a su padre les gustaba buscar espárragos y setas, pero siempre se negaba a llevarlo. “Así no aprenderé, padre”. “Tienes razón, mañana vendrás conmigo”. De este modo consiguió Hugo que su padre le llevara al campo, donde pasó un día maravilloso; ya cansado, lo dejó el padre sentado bajo un algarrobo, le entregó el bocadillo y le pidió que no se moviera de aquel lugar. El primer rugido que escuchó pensó que sería de tus tripas, pero el segundo y fundamentalmente el tercero comprendió que no venía de él, sino de algún ser desconocido, por lo que, sin obedecer las instrucciones de su padre y dando gritos, salió despavorido ladera abajo hasta llegar al pueblo.


El maestro al escuchar el relato le pareció una patraña propia de la fantasía del niño; no obstante, para incrementar la intriga de lo que suponía producto del miedo de Hugo al verse solo, le preguntó: “¿Olía como a azufre quemado?”. “No sé cómo huele el azufre quemado, don José, pero olía muy mal”. “Eso sin duda era olor a azufre. Es la característica del Monstruo de la Montaña, pero se trata de un animal inofensivo que sólo se excita cuando se le aproximan los humanos y expele una bocanada de fuego fatuo por la boca con ese olor tan singular. No hay que temerle, pues como digo es inofensivo si nos mantenemos a cierta distancia. Es más, yo os incito a que acudáis al monte y lo veáis por vuestros propios ojos y venzáis el miedo.”

El fin de semana siguiente fueron tan sólo los tres más atrevidos, pero un mes más tarde, aquel sábado a primera hora, no eran sólo todos los niños del pueblo, sino también gran parte de los mayores formaban un tropel enfilando el camino hacia el monte, pertrechados con bártulos diversos. Asombrado el maestro les preguntó: “¿Adónde vais?”. “¡Vamos al monte, queremos ver de cerca al Monstruo de la Montaña!”. Al darse cuenta el maestro la movilización que aquella historia que él había inventado causaba en el pueblo, se dijo: “Ya sé que todo salió de mí mente y por mi boca, ¿pero acaso será cierto lo del monstruo?”.

25 abril 2012

DEL CONOCIMIENTO DE LA INMENSIDAD


El joven Marcelino  oía extasiado a su padre cuando le contaba cómo de caudaloso era el Gran Río y trataba de que le hiciera comparaciones con el arroyo que pasaba por su aldea, el cual había lugares por los que podía fácilmente vadear. “¿Como tres veces el arroyo, papá?” El padre trataba de explicarle lo que es un puente con varios ojos, pero Marcelino no era capaz de imaginar más allá de dos ojos, siendo consciente de que él sólo conocía la geografía de su aldea. Marcelino se hizo mayor y fue a la ciudad, donde conoció el Gran Río del que tanto le había hablado su padre en su infancia y al que nunca supo dimensionar. Quedó tan maravillado que, en su asombro, no se privó de comentar en voz alta: “¡Ahora comprendo lo que es la inmensidad!”


Sucedió que un viejo que estaba cerca de Marcelino escucho su asombro y le dijo: “Joven, esto es un simple río, la inmensidad es el anchuroso mar”. A lo que Marcelino repuso: “¿Cómo tres veces el Gran Río?”. “¡Más, mucho más, muchísimo más; el océano es la verdadera inmensidad!” Marcelino sintió el impulso de conocer y en lugar de regresar a su aldea quiso viajar al mar. Cuando estuvo en el puerto, sus ojos, maravillados, no eran capaces de asimilar la anchura que se abría ante él hasta el horizonte, donde pensó que todo acababa. En eso le preguntó a un viejo marinero si en aquella línea del fondo, donde el cielo se junta con el mar, es donde se acaba todo, y éste le contestó: “No jovencito, lo que ves es sólo lo que te permite tu vista; el mar llega muchas millas más allá de lo que puedas imaginar”.


De regreso a casa, ayudó a un viejecito ciego a subir al autobús y compartieron la misma fila de asientos. A poco, el joven Marcelino le estuvo explicando al ciego que había conocido el mar y todo el proceso que había seguido hasta concebir lo que es la inmensidad. Entonces el ciego le dijo: “Joven, aun más inmenso que el mar es el cielo, pues éste cubre todo el mar y hasta todos los ríos y la tierra; pero sucede que de día no podemos apreciarlo porque el sol nos impide la visión y de noche porque la oscuridad no nos deja ver más que centenares de puntos luminosos, que son las estrellas”. “Pero, ¿usted lo ve?” —le preguntó Marcelo— “Lo veía antes de quedarme ciego.” Cuando Marcelino llegó de nuevo a su aldea, le explicó a su padre todo lo que había conocido y le preguntó: "Entonces, padre, ¿cómo será la inmensidad del Creador?"

31 enero 2012

GENEROSA GENEROSIDAD

Cuentan que era un año de una sequía extraordinaria. Por tercer año consecutivo apenas si había llovido y en aquella ocasión pasó la estación de las lluvias sin que cayera una sola gota. Balaba por el prado con desesperación un cordero, algo famélico, sin encontrar una brizna de hierba. Le salió al paso un ser extraño. Iba tañendo una lira, tocado con un sombrero de ocho puntas, calzas color cuero hasta las rodillas y un jubón verde. ¿Qué te sucede, corderito? Tengo a mi madre tan mayor y enferma que no puede salir a pastar; por mi parte, no he conseguido ni siquiera un bocado en todo el día andando de acá para allá. Toma estas cinco varitas, pero cuida de no perderlas, pues son mágicas. Nada más recibir las varitas desapareció aquel ser extraño como por hechizo, lo que le hizo albergar esperanzas de que realmente fueran varitas mágicas. Tenía tan hambre que estuvo tentado a comerse una de ellas, pero se contuvo hasta llevárselas a su mamá. De camino hacia el viejo y desolado aprisco, se encontró un asno con tanta hambre que no podía ni siquiera rebuznar y le entregó ganas de comerse una de las varitas. Más adelante fue encontrando otros animales a los que, viendo el estado tan desesperado que padecían, les fue entregando a cada uno una de las varitas, de forma que al llegar junto a la madre sólo le quedaba una y la compartió con ella. En cuanto terminaron madre e hija de mordisquearla, aun rumiándola, comenzó a llover con intensidad al tiempo que caía la noche. Por la mañana, al despertar, todo alrededor era de un verdor exuberante y con un penetrarte aroma a hierba fresca. Aquel ser extraño no hacía milagros, pero conocía los mecanismos multiplicadores del compartir.


Anteayer me hacía eco de la fría estadística del paro en nuestro país y hoy me pide el cuerpo hablar de la generosidad de las personas. Doy testimonio que en estos tiempos de crisis agudizada se han incrementado los ingresos de forma extraordinaria en las instituciones de caridad. ¿Saben ustedes por qué? Porque mucha gente es solidaria con los padecimientos ajenos. Los periódicos y los telediarios sólo hablan de desastres, de los más ruidosos de la sociedad, pero hay mucha gente buena de la que no se suele hablar en los medios.

19 enero 2012

SUEÑO DE FELICIDAD

¡Cuánta mentira! Dicen que la vista nos engaña, pero nadie se imagina cómo miente Henri Matisse y sus dulces maneras hasta conseguir lo que se propone traspasar a los lienzos. En mi país, París era el referente cultural al que había que aspirar. Llegué a la Sorbona en plena juventud, cargada de ilusión y ansias de aprender. Los medios económicos no me daban para mucho y tuve que abrirme paso haciendo un poco de todo. En cierta ocasión me sometí a una donación sanguínea, pero el desvanecimiento fue superior a la recompensa y no volví a intentarlo. Una noche, que llegó a ser madrugada, me presentaron a Matisse en un tugurio del barrio latino, donde las copas me reportaron una nebulosa en la que perdí los matices de la memoria y quién sabe qué más.

Nu aux jambes croisées, Henri Matisse

Henri era dulce en sus prolegómenos y sus promesas me trasladaron al Mediterráneo, dejando detrás aquel anhelo de conocimiento que me había empujado desde mi Rusia natal. ¡Cómo te dejaste seducir, Lydia Delectorskaya! Sus promesas eran como el ímpetu de un torrente en crecida y la magia de su mirada confirmaba cada una de sus palabras con la rotundidad de una rúbrica notarial. Cada día palpaba mi cuerpo con la sensualidad de su mirada y la firmeza de sus pinceles. En cada lienzo, creí ver confirmado el mañana de mis días junto a él. Su mirada era escrutadora y lujuriosa; me hacía abrigar sueños de eternidad como sólo el amor es capaz de imaginar, a pesar de que nada le perturbaba su método y disciplina hasta plasmar con colores lo que su mirada de artista sublimaba.

Quienes contemplen la lozanía de mis desnudos no podrán imaginar las largas horas de frío a la que me sometió aquella alma desalmada. Siempre la ventana abierta. “Quiero plasmar la brisa mediterránea acariciando tu cuerpo”. Me pagaba bien, mucho mejor de lo que hubiera podido ganar en cualquier otra tarea normalizada, pero era un tirano al que nunca conseguí ablandar su corazón. Es cierto que me miraba con deseo, pero luego he terminado pensado que lo que hacía era provocar en mí la respuesta afirmativa en mi rictus con tal de lograr su propósito. Me había hablado de proyectos sin límites y abrigué la idea de formar parte de su vida aunque fuera en la intimidad de su estudio, pues en el fondo de mi corazón sentía la conformidad con ser la otra; mas cuando fui un tema agotado para su industria ya era fruta madura y se empezó a desvanecer aquel sueño de felicidad que me había prometido. ¡Cuánta mentira, Henri Matisse! 

27 noviembre 2011

EL PAYASO QUE NO SABÍA REIR


Nadie ha sabido explicar el por qué. Lo cierto es que era un payaso que no sabía reír y que nunca jamás había reído. Había nacido en el circo, donde su padre había sido lanzador de cuchillos y su madre la partenaire, además de taquillera y otras suplencias que resolvía con mucha soltura. En el circo es necesario ser polivalente y no basta con una única destreza, por eso sus padres le obligaron desde pequeñito a ejercitarse para algo más que limpiar la jaula de las fieras mientras éstas estaban en la pista. La vida errante le proporcionaba paisajes distintos continuamente, pero la estrechez del coche caravana era siempre la misma, como también la fotografía familiar donde el abuelo y uno de sus hermanos aparecían vestidos de payaso. Había oído las mismas gracias desde bien pequeño y no les parecían chistosas. Lo probaron como funambulista, pero fueron tantas las caídas que lo dejaron por imposible y no se atrevieron a probar en el trapecio. Su padre lo sometía cada mañana a una rigurosa tabla de gimnasia, pero la elasticidad de sus músculos no daba el perfil adecuado para el cajón secreto del mago ni para integrarse en el grupo de los contorsionistas. Le pusieron a manejar las mazas y estaba más tiempo agachado recogiendo que haciendo malabares. Un día, durante la segunda sesión, cuando se afanaba en extender una alfombra en la pista para la actuación de los payasos, dio un traspié y el consiguiente costalazo en el suelo. El público enfervorecido prorrumpió en carcajada, pensando que se trataba de parte del número, pero él seguía teniendo su cara de palo y maldita la gracia que le veía a aquella situación absurda. Ya estaban los payasos en la pista con sus gritos y sus músicas y el público hilarante aplaudió a rabiar cuando el inepto circense volvió a tropezar de nuevo con una esquina de la alfombra antes de retirarse. Sus padres le miraban entre bastidores con suma alegría ante el gran descubrimiento: desde entonces, ya no tuvo que barrer nunca más la jaula de las fieras, si bien sí que ayudaba al montaje y desmontaje de las lonas y las gradas en cada desplazamiento, sino que entró a formar parte de los payasos, haciendo de mudo, siendo él quien se llevaba los golpes y las mofas de sus dos compañeros. Desde entonces, su rostro formaba parte de los carteles anunciadores y era el principal atractivo del número, pero él seguía sin encontrarle la gracia y sin soltar una leve sonrisa. 

25 noviembre 2011

EL HOMBRE QUE VENDIÓ SUS ZAPATOS

Nunca imaginó que él pudiera llegar a esos extremos. Había nacido en una familia de clase media alta y recibió una formación adecuada a su estatus y condición. Aunque no demasiado diligente sí fue un provechoso estudiante. Ahora que ni tenía zapatos, recordaba el olor característico del internado y la disciplina a la que estuvo sometido durante su infancia y pubertad. Su familia nunca había querido saber mucho de él o así lo creía. Cuando renunció a los estudios universitarios, sus padres le volvieron la espalda y no quisieron ni siquiera oír otras propuestas que él pretendía para su vida. Pensó en matar al padre y sentía lástima de la hiel helada de su madre, incapaz de imponerse en defensa de su hijo a la arbitrariedad de su esposo.


Se marchó de casa y entró en mil aventuras, no todas limpias, que le encumbraron económicamente con gran rapidez. Me contaba con deleite el día que se presentó en casa de sus padres con un buga muy superior al paterno. No buscaba nada, pues sabía que nada encontraría; lo hizo por el regusto de ver el gesto de su padre cuando le viera bajar de su deportivo. Ni siquiera una mirada de reconocimiento. “Mi padre, -me dijo- no me ha perdonado nunca que no estudiara y siguiera sus pasos en su bufete”.  Las veleidades de la fortuna le habían llevado a la calle víctima de un consumo que le había helado las venas hasta a vivir de la misericordia. Dice haberse resistido a los comedores sociales porque, aun habiendo tocado fondo, en sus genes se hacía resistente un destello de orgullo que seguía sin ser hollado.

Cuando le conocí, tenía más de persona digna que de vida. Ya no podía ni siquiera andar. Había vendido sus zapatos. “Creyó que me engañaba, -me dijo- pero el listo fui yo, que le vendí lo que no me servía y a cambio me calenté las tripas con un cartón de tinto que me supo a gloria. Lo más triste, -continuó- no es no tener un techo donde cobijarte, que te roben cada día tus escasas pertenencias, que te abrase el sol y te moje la lluvia o tener la piel de intemperie, no tener horario de comida ni nada que llevarte a la boca, sino que siendo no seas, que no signifiques nada para los que se cruzan contigo y miren para otro lado para no verte”.

21 noviembre 2011

UNA POMPA DE JABÓN


Era menuda y frágil, pero sus ojos irradiaban un encanto especial como no es fácil encontrarlo. Toda ella desprendía como una luz átona; era un fenómeno extraño, pues en su sonrisa había algo contagioso y distinto a todo lo conocido, una especie de embrujo envolvente que atraía con una fuerza inusitada. Quedé absorto ante tanta belleza y hasta perdí la noción temporal y espacial; no sé si transcurrieron horas o segundos, lo cierto es que me quedé preso en su mirada de miel y no puede seguir mi camino. No sabría describir cómo iba vestida, ya que sólo sobrepasé las lindes de su boca hasta su cuello. Juraría que era una virgen que el Omnipotente me había puesto a mi paso. Desorientado, debí pisar mal y di de bruces en el suelo; el paraguas por un lado, el portafolios por otro; la tapa del móvil se había desprendido de su alojamiento con el golpe y las llaves hicieron un son de acompañamiento al calabazazo que di contra la acera en la zona occipital izquierda. No llegué a perder el conocimiento pero estuve aturdido durante no sé cuánto tiempo. Ella se había echado al suelo y me había recostado en su regazo, al tiempo que taponaba la herida con su pañuelo. Sus manos eran tibias y sus cuidos eran ágiles caricias. Cuando abrí los ojos me recibió con una sonrisa blanca entre dinteles y jambas sonrosadas. Me mandó silencio con su dedo índice sobre mis labios y desde entonces tengo su tacto como no sabe apresarlo un primer beso. De inmediato, el bullicio de una sirena vociferante; al punto me atendían los diligentes sanitarios del 061. Ella se había evaporado como estalla sutilmente una pompa de jabón. Desde entonces vive en el rescoldo de mi memoria y mis ojos no dejan de buscarla entre la muchedumbre.

14 mayo 2011

EL LLANTO DEL POETA

A sus muchos años aun estaba inédito, pero se tenía por un consagrado poeta; no contaba con ningún premio de prestigio, aunque sí con alguna flor natural en los juegos de primavera de la asociación de vecinos, las justas florales de su distrito y algún accésits de poca monta que daba testimonio de su participación concursal y de haber sido leído. Los aplausos de sus amigos le sonaban académicos y eso le bastaba. “No es poco –le había dicho su tía Engracia-, si fueras más conocidos el premio habría sido tuyo”. Sucedió que cierto día de mayo, un viernes 13, mientras en Fátima elevaban cánticos a la Virgen y en otras latitudes se santiguaban y hacían aspersiones para zafarse de los maleficios de la conjunción fatídica de esa fecha, una brisa malévola y desconocida arrancó la página de su diario y se perdieron sus versos por entre la hojarasca del otoño del hemisferio sur camino de ninguna parte.


El poeta lloraba la pérdida y volvía a mirar una y otra vez en su página Blogger, pero su desconsuelo no alcanzaba los efectos mágicos de devolver aquello que el viento había arrastrado sin destino conocido. En su amargura, quiso componer una dolida endecha. La rima asonante en versos de seis sílabas le resultaba pobre para su mucho dolor y desconsuelo; fue entonces cuando probó con estrofas de tres versos heptasílabos y un endecasílabo final formando asonancia con el segundo verso. Se cansó de medir sin provecho, se desesperó y tiró una y mil veces la hoja emborronada hasta dejar esquilmado el bloc. De nuevo miraba en el Blogger sin éxito y su abatimiento se hacía mayor.

Cuando comprobó que otros poetas de su vecindad habían renovado la actividad creadora y colgaban inspiradas creaciones en sus blogs, mientras él seguía soñando en la hoja arrancada por la brisa malévola y constataba la sequia artista como final de una etapa ininterrumpida que tal vez jamás se viera renovada, se encerró en lo oculto de sí mismo, dio dos vueltas a la llave de su escritorio y, bien provisto de pañuelos de papel,  se dedicó a llorar con desespero, entendiendo que era todo lo que le quedaba que hacer y lo que le dictaba su corazón de poeta infecundo. 

01 mayo 2011

MI ABUELA LOLA

A mis 24 años recién cumplidos, han sido más las sombras que los gozos. Acaba de fallecer mi abuela Lola y sé que me va a costar mucho superar esta gran pérdida. De nadie he recibido tanta dulzura, de nadie tanta delicadeza ni tanto cariño. Sus ochenta y tantos no eran suficientes para agotarla, pero su corazón se ha cansado de vivir y se durmió para siempre dejándome este enorme vació.


Cuanto tenía unos 6 años, un día al volver de la escuela, me dijo mi madre que mi padre ya no volvería, que habían decidido dejarlo porque el amor se había acabado. Se me grabaron las palabras pero no entendí nada. A los pocos días mi madre dormía abrazada a otro hombre y la ropa de éste y sus zapatos ocuparon el espacio que antes tenía la de mi papá en el armario y se sentaba en su sitio favorito. Me miraba de forma extraña. Se quejaba de mí diciendo que era muy huraña y mi madre me obligaba de cuando en cuando a darle un beso. Olía a vino. Con frecuencia me dejaban en la sala viendo dibujitos y se acostaban la siesta. Mi madre volvía del descanso con una expresión muy plácida. Más adelante, no conforme con los encuentros con mi madre en su alcoba, comenzó a hacerme tocamientos que me desconcertaban. Nunca fue amable conmigo, pero me acariciaba y yo escapaba de sus brazos tan pronto como me era posible. “No seas arisca, Nora”. Aquel hombre siempre me produjo nauseas.

Mi madre sólo veía por los ojos de aquél que tanto pánico me daba. No quería ver lo que estaba pasando y no me creyó cuando le dije que abusaba de mí. A los 16 me escapé con un joven de unos 20 años que me hacía feliz por haberme sacado de aquel infierno. No creo que mi madre me buscara; más bien debió quedarse a sus anchas al no tener que ocuparse de mi. Nunca me dijo que me quería y ni siquiera me lo demostraba. Antonio, mi chico, a quien yo llamaba mi ángel bueno, por haberme sacado de aquel tormento, me hizo suya y me enseño a levantarme de la siesta con la misma cara de satisfacción y placidez que lo hacía mi madre. Me enseñó a consumir, con lo que olvidaba lo pasado y hasta el presente; también me enseñó a trapichear para poder costearnos el consumo propio. Creí que era maravilloso tener a alguien que se ocupaba de mí, que me abastecía de todo lo que me daba placer o me enajenaba. Al principio conocí la felicidad, pero tenía muy mal genio y me levantaba la mano por lo más insignificante; por otro lado, comprendí que vivíamos al borde del abismo. Éramos ocupas. Mi ángel era fuerte y le había pegado una patada a la puerta. Un día fue la policía quien pegó la patada a la puerta y nos llevaron esposados a la comisaría: él terminó en el talego y yo en un centro de desintoxicación.

Cuando creyeron que estaba curada, localizaron a mis padres, pero ninguno de ellos quiso saber nada de mí. Ya era mayor de edad, aunque no tenía a dónde ir. Fue mi abuela Lola quien vino a buscarme. Ahora ya no está, pero no podré olvidar los interminables ratos que se pasaba peinándome junto a la ventana, yo sentada en una silla pequeña. Me ponía sobre los hombros una toca –ella le llamaba peinadora- y me alisaba el pelo durante muchísimo rato, al tiempo que me contaba historias sin parar. Vivíamos con mucha modestia, ya sabemos cómo son las pensiones de las viudas. Ahora vuelvo a estar sola y sé que nadie volverá a cepillarme el pelo. ¡Cómo voy a echarte de menos, abuela!

14 marzo 2011

EDU

Edu era un joven feliz y dicharachero. A sus veintiún años bajaba siempre las escaleras canturreando y saludando a sus vecinos con toda afabilidad. Iba muy bien en los estudios y Marta era para él la quintaesencia de lo soñado. Con su metro ochenta y algo más de cien kilos no podemos decir que fuera obeso, pero sí que tenía un cierto sobrepeso que no le hacía su figura grácil como la de la mayoría de sus compañeros de facultad. No parecía importarle; comía con apetito, estudiaba con ahínco y buscaba todos los retazos de tiempos del reloj para encontrarse con Marta.


Nunca he sabido por qué se rompió el amor, pero Edu no ha podido superar el alejamiento de Marta. Creo, aunque no estoy seguro, que no le dejó por otro, al menos no tengo evidencias de ello. A Edu se le apagó la sonrisa y se volvió taciturno. Enmudecieron sus cánticos y la chispa con la que saludaba al vecindario; ahora procuraba deslizarse entre ellos sin ser notado. Fue al gimnasio para quemar las grasas que le sobraban y lloraba siempre que estaba a solas. Como un par de semanas después de comenzar en el gimnasio fue a casa con un bote enorme de cristal que contenía un preparado energético y una dieta rigurosa escrita en un folio que entregó a su madre con estas palabras: a partir de ahora me ajustaré sólo a esta dieta. ¿Pero hijo…?

No escuchó a su madre. No quería escuchar a nadie, ni siquiera a sí mismo. Una semana más tarde ya no se sentaba con todos a la mesa, para evitar las peroratas de los suyos; dos semanas después ni siquiera seguía la dieta que le impusiera su monitor de gimnasia, apenas un poco de lechuga sin aceite, con un poco de limón o una naranja y su dosis fatídica de aquel bote de cristal del demonio. Su madre quiso llevarle al psicólogo, pero Edu no atendía a razones ni súplicas. Ha bajado alarmantemente de peso, pero sigue obstinado en no comer. Ahora hace cinco días que no ha probado bocado, ni siquiera una naranja. Entre los afiches de su cuarto, una fotografía suya, un 20 por 30  en la que ha dibujado con rotulador indeleble una figura de sílfide, tal vez como el ideal que persigue. No se ha presentado a las cuatrimestrales y dudo que pueda hacerlo en la convocatoria extraordinaria; desde que se alejó Marta de él centra su vida en el gimnasio, en cerrar la boca y pasar todo el tiempo en la cárcel de sí mismo.

26 enero 2011

GATO POR LIEBRE


                                     A Katy y María, capaces de elaborar los manjares más exquisitos.

Sabía que tendría que ir siempre de acá para allá, sorteando peligros y llevándose a los bigotes lo que buenamente pudiera mercar; corría de los niños, corría de las madres, corría de los granjeros desde que aquel mal encarado le atizara un palo que lo deslomó y su vida se había convertido en una continua asechanza, en una continua carrera.

Tenía noticias de otros de su especie que vivían en la placidez del hogar, ovillados en la alfombra, a los pies de las manos que lo alimentaban, o bien en el sofá cuando tenía ocasión. Pero él era un callejero, sin nombre ni domicilio, sin horario ni escudilla en la que alimentarse; por eso se había convertido en un furtivo que hacía de las ventanas gateras, de las puertas entreabiertas ocasión y del descuido oportunidad.

Siempre corriendo de acá para allá, no conocía el sosiego; las personas los ahuyentaban nada más percatarse de su presencia y los animales domésticos lo delataban celosos de sus prebendas. Para él era como el juego mismo de la vida, de la única vida, aunque supo que contaban las fábulas la patraña de que los gatos tienen siete vidas. Las muchas carreras le tenían en forma; sus raptos eran tan exiguos que nunca le permitieron criar panza, sino dura supervivencia. Un mal día, de forma insospechada, recibió de un tipo bajito con los ojos oblicuos un trancazo del que nunca se pudo reponer; cuando de forma aromática servía de alimento, un comensal orondo dijo con acento gastrónomo: “¡Sabe a liebre!”

24 enero 2011

EL HALCÓN DEL EXHIBIDOR CETRERO

Fue anillado cuando todavía el plumón era incipiente, le había tocado vivir una cárcel de oro y nunca supo de escasez ni de sequías; pero conservaba el instinto, garras de acero y una vista de lince, especialmente desde las alturas. No tiene conciencia de otra vida que no sea la de las exhibiciones del parque, trabajo que hace sin apenas esfuerzo desde la mano firme y enfundada de su adiestrador. Había aprendido que la comida, suficiente, limpia y troceada como para no tener que hacer el esfuerzo del desgarro, estaba segura al regreso de cada uno de los juegos planeadores.

Todos le admiraban por su precisión en vuelo, por la elegancia y majestuosidad de sus rasantes y por la precisión en el contacto con la pieza cobrada. No tenía conciencia de su realidad como parte esencial del espectáculo, sino que detrás de cada una de las pruebas conseguía algo suculento que llevar al buche. Nunca supo de registros ni de ilegalidades, pero un día no volvió nunca más el maestro cetrero a sacarla para las acrobacias a la que estaba acostumbrado; no sólo sintió hambre, sino tristeza y confinamiento; no conocía otra vida, otro juego, otra forma de alimentarse que no fuera en el extremo del guante de cuero en el que se asía antes y después de cada vuelo.

Quiso la fortuna que un rayo acabara con su celda tres días después de no haber probado bocado alguno. Fue la primera vez que volaba sin saber cuál era su destino. Sentía hambre, pero no sabía cómo alimentarse. Se lanzó desde gran altura a algo que se movía y al poco estaba asaetado en sus garras un ratón de campo al que soltó de inmediato conmovido de asco por los repelentes pelos. Se agudizaba el hambre y en la siguiente batida cazó una paloma de la que sorbió algo de la sangre derramada, pero no supo y sintió repugnancia de las plumas que le impedían acceder al banquete. Se sintió débil; aún podía volar, pero no encontraba sentido a su vida y soñaba con los dados de carne al extremo del guante de cuero; nunca supo que era un halcón peregrino y nunca hasta ahora había peregrinado los cielos buscado el guante perdido.

22 enero 2011

LA JARDINERA MUDA

Había trabajado duro, muy duro, y su único capricho había sido desde siempre tener una gran mansión. Su infancia transcurrió sin techo fijo y casi sin calor de hogar; sus padres, feriantes, iban de pueblo en pueblo detrás de las fiestas patronales con su pequeño negocio familiar. Le tocó vivir muchas noches de insomnio y muchos ruidos hasta la amanecida, para pocos días más tarde levantar la precariedad de unas lonas y seguir un éxodo sin otra meta que dar vueltas sin fin como el tiovivo. Era un hombre hecho a sí mismo y se había acostumbrado a conseguir todo lo que se proponía, para lo que no escatimaba esfuerzos. En su madurez ya se había hecho con una gran casa con un jardín inmenso. Seguía viviendo solo; tenía el trabajo por única compañía y su casa como único derroche.


Un día se encaprichó y no dudó en comprar una bellísima estatua de broce que colocó en su jardín. Era una mujer joven que rodilla en tierra observaba con minuciosidad las flores del vergel. Estaba tocada con un pañuelo y en actitud pensativa. Ignacio no se iba ninguna noche a la cama sin haber pasado un buen rato observándola y, al amanecer, antes de abandonar la casa, volvía a recrearse en su preciosa adquisición. Llegó a ser la única criatura que le hacía compañía. Para él era una criatura viva, su compañera, su fiel compañía, bella, delicada, atenta a cuanto le decía. Sí, se había enamorado; a sus años se había enamorado. Se acostumbró a hablar con ella; le contaba sus éxitos comerciales y sus desasosiegos; a ella le confiaba sus secretos e inquietudes. Se obstinó tanto en hablar con ella que quiso iniciarla en los balbuceos del lenguaje y le silabeaba con mucha parsimonia como esperando que la estatua le contestara: Pig-ma-lión.