Si no existieras, te inventaría:
puede que, en verdad,
seas el reflejo de una luz idílica
que restalló en mi cristalino
y se acomodó en mi costado para siempre.
Un día lejano nos tomamos de la mano
y ahí seguimos, como siameses
que conjugando el verbo amar
han levantado con mimo cada astilla,
cada nombre y pronombre,
hasta lograr el roce mínimo al tacto
y la belleza como expresión
de una inercia común en el mismo sentido.
Una larga mirada, un guiño,
unos labios sedientos
y el sentir, amar, gozar y padecer
por las bondades o los padecimientos del otro.
En mis belfos están tus labios
y en mis besos los tuyos,
también en los inmateriales y soñados,
en todo instante y momento.
Ante el espejo,
en el relumbrón de una vida compartida,
así lo firmo y afirmo,
y hoy lo ratifico, para que sea imperecedero,
así en lo bueno, como en lo malo.

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