En tus manos se atemperan
las caricias dormidas que no
contabilizo,
y las mías sueñan
el tacto de tu piel
adormeciendo la espera;
esa luz que destella
detrás de cada uno de tus
soslayos
con el palpitar de mi pulso
desbocado
achicando la espera.
En tus manos el ataque,
la reconquista, la redención
que aguarda mi derrota,
a la que vencido de esperar
me rindo sin condiciones
y, por supuesto,
sin la menor resistencia.

