A veces despilfarramos, y otras
anclamos la calderilla al bolsillo
como lastre que no podrá impedir
un naufragio más que cierto.
Acabó el dispendio con la volatilidad
de un fuego que pasó exterminando.
En la batalla del debe y el haber,
siempre acaba por rendirse el mismo,
y es entonces cuando el litigio se acentúa
y se hace cada día más severo.
Es en esos instantes cuando lo cotidiano
trasciende a la categoría de ensueño,
y lo ampuloso pasa por la acera de enfrente
sin saludar, sin mirar, ni esperar respuesta.
No es el pesar o el abatimiento.
No, es la tristeza infinita,
la pesadumbre que transmiten los ojos en silencio.

Entre la calderilla hay que guardar dos monedas para el barquero. Nunca se sabe...
ResponderEliminarUn abrazo.