A Carmina Escudero
Mi huerto es un plantío infinito,
un antojo sin fin de flores amarillas,
inoculadas por un capricho ajeno
al que me encanta complacer.
Ella es bondad y exquisitez,
de gustos refinados y monocromática;
por eso, en el jarrón de su intimidad
solo habita y se expande el amarillo
como mandamiento único,
que da cumplimiento al resto
de obligaciones, requiebros o querencias.
En su caja de acuarelas,
-derramada ex profeso-
la diversidad se ha uniformado
y cada una de las pastillas
habla y destiñe en la tonalidad reinante.
No obliga, no coacciona,
pero sabe insistir hasta en silencio.
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