Son trozos de papel,
pero no vinieron volando
o germinaron entre las plantas,
tampoco los plásticos, ni los envases
de esas comidas frugales
a la orilla del río,
en el remanso del paseo
que atraviesa, como columna líquida,
la espina dorsal de la ciudad.
Sí, las hay, y jalonadas a lo largo del paseo,
pero hacer buen uso de las papeleras,
implica haber asistido con atención a urbanidad
y militar en la consideración ajena.
No son cadáveres naturales,
por eso no los desintegra la tierra
y hasta hieren como vidrios rotos,
para todo aquel que se esfuerza
por el respeto a la naturaleza,
y también al prójimo.

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