Casi las diez
de la noche. El segundo tiempo
no se juega en los florares de Macasta,
sino donde saben saciar y satisfacer,
colmar y paladear los diversos sabores
en los deleites del café Hijón.
No es exclusivo, pero sí un aguadero
en medio del frondoso bosque
y la delicadeza de un rincón singular
con el marchamo firmado en serigrafía.
El protagonismo es común,
pero la visualización y los mimos
están centrados en el decano Onofre
Rojano,
ojalá que por tiempo indefinido.
Alrededor se vocea, se cruzan las miradas
y hasta se curiosea y se indaga.
Fotos y brindis y un compartir
que hace festivo lo rutinario del día a
día;
fuera se hace persistente la humedad
que todo lo distorsiona
y a veces es niebla que nos aísla,
aún más, de los padecimientos ajenos.
Alegres del roce y convivencia,
las despedidas inacabables
y la concordancia del acompañamiento
posible;
en un táper, algunas viandas
que serán entregadas al habitante de un
soportal
que hace guardia a sus escasos bienes
gesticulando con agradecimiento.
Poetas sí, más no genios engreídos.
Poetas, pero no divinizados,
sino sensiblemente humanos, gente sencilla
que late por las vísceras de lo social.