Se ha hecho el silencio,
han pasado las luminarias de la Navidad;
pero el tiempo sigue inestable,
con alguna que otra alarma
que desestabiliza la quietud.
Con nocturnidad y alevosía,
como lluvia de fuego que somete,
provocada, profusa y fugazmente;
un aluvión, una descarga improvisada
y contundente lluvia de metralla,
como pedradas de fieros honderos.
Una solución insoluble, y por terceros,
-alarmas burladas-
nocturnidad y alevosía
que suplanta el derecho universal
por el viciado camino de la hipérbole.
Un pueblo dividido, tiranizado,
un impostor, auto revestido de justiciero,
un salto olímpico sobre la ley
retorciendo el derecho, al tiempo
que pensando en los bienes ajenos
del acaudalado y recóndito subsuelo,
y la imposición a distancia de criterios externos.
Invierno. Humedad gélida que aísla
a cada quien en sus inquietudes. Frío,
acontecimientos que nos dejan fríos.






