Unos jóvenes pasan bajo mi ventana
perturbando la placidez del alba.
Algo les urge, algo les motiva,
no parece que sean inquietudes
pero lo toman con una gran impaciencia,
como urgidos de prisas. Vociferan.
Sus gargantas son tubas desafinadas,
tropel de trompetas en sol mayor;
su caterva, timbales fuera de ritmo.
Todavía no alumbra la luz de la mañana
y no se si salen o regresan, si van o vienen.
No parecen ser conscientes del frío
ni de la cobertura opaca y gris
que nos depara el amanecer.
Ellos van subidos en las urgencias
de sus años mozos,
de lo que hacen partícipes a todo el vecindario.
No llevan prisas, se recrean, vociferan,
les urge vivir sin hacer uso el freno de mano,
son disparatadamente escandalosos
y van revestidos de las prisas de los pocos años.
Les miro sin ver. Van desaforados,
urgidos de quién sabe qué.
Al cabo, solo queda un eco que se distancia,
esa misma magnitud existente
entre sus ganas de vivir volcánicamente
y el sosiego que ahora intento recuperar.

Se supone que son los que pagarán las pensiones de los que se van a jubilar próximamente. Sin comentarios.
ResponderEliminarSe supone que tendrían que ser respetuosos con el descaso ajeno, pero...
EliminarUn abrazo.