Venimos del hondón del vacío,
de la placidez oronda y confortable
donde se prodigan los mimos y la ternura,
de donde se comunica y nace la vida;
la boca franqueada tan solo para el llanto,
-apenas un boceto que grita y reclama-
pero con la habilidad del corta y pega
facultado para apropiarse por imitación.
De la cantera familiar, la calle, la escuela,
el caudal embalsado de dimensiones elásticas,
casi infinitas: un pedrusco, una china,
un pequeño guijarro o una roca tallada,
entre gorjeos, risas y lágrimas,
inventariando las riquezas que se acumulan.
Y allá, en la alborada de su amanecer,
se abriga con el ademán de un gesto amable,
o con el aljamiado ancestro de sus predecesores
dibujando arabescos armónicos y dúctiles,
como encendido arrebol de insultante lozanía.
En el azul de su horizonte, la dulce bonhomía
que le ha sido inculcada junto a la ternura,
la delicadeza gestual y amable
que viene del candor, de la sinceridad,
la sencillez, la ingenuidad y la pureza de ánimo.
En el resquemor lúcido de la vorágine,
la sonoridad de un susurro que recala en el alma,
se anida, se arraiga, se abriga, y allí florece.

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