Es imposible negar
el valor evocador que
pondera
a la persona a la que
representa,
al tiempo que engrandece
sus acciones.
Así cuantas estatuas viven
a la intemperie en
nuestras ciudades,
queriendo ser memoria viva
de la personalidad
representada
y de su obra,
acaban siendo cardenillo
oxidado
y refugio de palomas y sus
excrementos
en un desdoble no
imaginado.
¿Qué fue de las gestas del
militar,
de la abnegada entrega del
héroe
o de la obra literaria o
musical
que merecieron el galardón
de la memoria?
Ni en el bronce ni en la
piedra
habla la talla de la
elocuencia viva
en su obra o de su gesta.
En caso de que quieras
revivir,
pongamos por caso a Juan
Ramón,
monta a pelo a Platero,
léelo del tirón y vuelve
sobre él
a lomos de su poesía pura,
acomódate en tu sillón
favorito
y quítale el óxido a su
pulcra obra poética,
y no lo dejes agonizar en
los inquietantes
estantes del olvido.








