Salgo a pasear las calles sin meta,
sin otro objetivo que poder caminar mañana.
Me hace escolta mi sombra
estirándose o encogiéndose desde los pies,
a veces poca cosa y otras se agiganta.
Yo no, pero ella es flexible
y se acomoda con recortes imposibles
para recuperarse de inmediato.
Me impongo una cadencia,
pero con frecuencia son las cavilaciones
las que organizan o desordenan el ritmo,
en especial cuando los recuerdos evocan
tragos amargos, píldoras indigeribles
que estiran lo momentáneo
hasta la vecindad del infinito.
Ropa cómoda y calzado deportivo,
pero cuando acuden a la memoria
extrañas pantuflas que mordisquean el corazón,
tan solo volver cabizbajo tiene sentido.

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