Dijiste: jamás podré olvidarlo;
pero nunca supe
dónde rebobinas lo evocado,
ni con qué métodos lo reproduces.
Entonces vi un guiño de complicidad,
entre pícaro e inocente, en tu mirada,
y supe que lo habías filmado,
y lo confirmaron los ademanes de tus gestos.
Luego, al girar la cabeza,
se perfiló tu oído izquierdo como un radar
que levanta acta sonora de cuanto escuchas
y empezaron mis dudas.
La forma en la que degustabas el café
tampoco era de un ser corriente,
ni la manera de acariciar la taza era común
a la inmensa mayoría de los mortales.
Pero fue tu olfato quien me dio testimonio
de que nada que suceda a tu alrededor
pasa inadvertido para tus pituitarias:
tu virtud acrisolada son los cinco sentidos.

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