A
mi hijo Javier y a todo el mundo agrícola
Mientras el campesino labra
la tierra,
en la semilla se acoda la
esperanza
tras el sueño invernal de la
última cosecha.
La lluvia se filtró por los
montes
y se convocó en el hueco de
la roca
para hacerse venero,
manantial que busca la
acequia
y apagará la sed de los
campos en el estío.
Con sumisión humilde
se dejó enterrar la simiente,
y cuando fenecía, brotó de
su pecho un germen
que pronto fue tallo verde:
algunos mordidos por la
oruga,
otros picoteados por los
pájaros…
Pronto un océano verde
se extenderá por la tierra
fértil,
cuyo primer riego fue el
sudor del labriego.
Crecieron las plantas,
recibieron su abono,
la labra y la bina, todo en
su momento,
y agua en las proporciones
adecuadas.
Florecieron minúsculas
manchas de color
que acabaron granando en
fruto abundante;
sopló el viento, arreció la
lluvia,
maduraron los frutos bajo
los rayos del sol;
finalmente, la cosecha cayó
en manos de intermediarios
y se diezmó lo esperado
como plaga implacable de
sino fatal.