Como Tisbe, la gracia y la
hermosura,
el fruto apetecible en la
edad temprana,
el garbo y el donaire, la
sal del mar,
la mies son sus caderas
oscilantes
cuando se mecen sacudidas
por la brisa
y el aire se frena vencido
en competencia.
Así es el fragor de este
impulso demudado,
de este latir que ahoga mi
resuello,
de este vivir que es morir
desde este lado
en la prisión que una pared
nos ha interpuesto.
Este temblor de tu voz por
la fisura
es el aliento que a vivir me
sostiene
y es la esperanza, y es mi
obstinación
por salir y abrazarnos
tierna y largamente.
Mas no sea nuestro final
bañado en sangre
como lo fuera el hecho
mitológico,
pues la espada que porto no
es de acero,
no rebana, no pincha, no corta, y tampoco
busco otra alternancia que
disfrutar el juego
florar que se ensarta entre
estos versos.