Escuchar a otra persona lleva implícito no sólo oírle, sino también la extraña sensación de asumir y experimentar la interiorización del mensaje recibido empatizando con nuestro interlocutor. Por otra parte, ser escuchado viene a ser un acto de liberación, un placer que va más allá de lo sensitivo para quien se exterioriza, por lo que, entre ambos, se crea una comunión que nada o bien poco tiene que ver con lo que se entiende por mero diálogo.
Cuando una persona se vacía ante alguien que se presta a escucharle, se estable entre ambos una alianza, una vinculación que no por ello implica que ambos pienses del mismo modo. Quien escucha, si sabe hacerlo, aunque se manifieste contrario a los pensamientos del otro, le ayuda a liberarse de aquello que le atenaza. Para una buena escucha es imprescindible poner toda la atención y apagar las voces interiores que nos alejan del momento presente o saltan como escudo para protegernos de lo que no quisiéramos oír.
El escuchado se libera de su pesadumbre al compartirla y aligera, por tanto, el peso que sus cuitas le lastraban; una tarea que requiere tiempo, ya que quien descubre su alma no tiene un discurso previo formulado, sino que lo va mascullando lentamente, según se va dando la calidad o no de la escucha. Por todo ello, la paciencia es la virtud básica para escuchar bien, junto a la donación que ello comporta dando de nuestro tiempo.
La escucha exige humildad, sencillez, descartar previamente todo tipo de prejuicios, voluntad, interés, dominio de sí, y por encima de todo un respeto absoluto hacia la persona que hace la confidencia. Eso significa que para escuchar necesitamos hacerlo no sólo con los oídos, sino con los cinco sentidos. Es un acto de hospitalidad, de acogida, de acercamiento, que hará un gran bien a la persona que nos vacía sus sentimientos. Por ese motivo, la escucha perfecta se da cuando no es recíproca, sino cuando hay donación de uno al otro, cuando quien habla lo hace de su vida rota, de los escombros de su drama. En esa escucha no sólo hay palabras y gestos que percibimos con los sentidos, sino silencios, también elocuentes, que hablan de las dificultades para expresar el sentimiento o el balbuceo de la duda.
También debemos escucharnos a nosotros mismos: los gemidos de nuestro cuerpo, la alarma de nuestros suspiros, los sollozos del alma, porque en el aprendizaje de la escucha está el remedio que necesitamos. Con la escucha atenta podemos ayudar más de lo que imaginamos a otros; pero con la escucha a nosotros mismos aprenderemos a discernir las razones de todo aquello que nos inquieta.