Los mil encantos, las fuentes,
las avenidas, el torrente humano,
esa muchedumbre en soledad,
un alboroto, un tumulto agitado
autoflagelado de prisas;
incomunicación, abandono
soledad en la privacidad del gentío.
Una multitud se cruza en silencio
economizando hasta un leve gesto,
sin saludarse, sin compartir,
cada uno jugando para su bolsa.
Un rumor de sospecha en cada figura,
en cada mirada, en cada gesto,
un pálpito negativo en cada cruce,
en el buzoneo que algo busca
y también en el silencio
de quien comparte el ascensor contigo.
A lo sumo, una mueca muda y cortés,
si bien, lo habitual es un incómodo silencio;
prisas, un contrarreloj que martiriza,
eternas colas en el supermercado,
infinitas colas en la parada del autobús
y también en la oficina de empleo
y en el centro de salud listas de espera.
Concentraciones, largas colas
que acabarán al doblar la esquina.

Y cada vez más gente por las calles. Está de moda este tipo de invasiones de turistas y curiosos. Qué agobio.
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