El ocaso, cuando se eterniza,
se amilana en el silencio
y la línea del horizonte se quiebra,
se hunde hasta la sima de lo recóndito;
se ha truncado por el talle
y pierde su progresión,
sin posibilidad remota de ser calafateada,
achicada y puesta a flote.
Los días tienen una muerte transitoria,
un espejismo sensorial,
un tránsito imparable
del que renacen al alba
por la inercia del círculo;
pero no se quema dos veces
el mismo pino, ni la abulaga,
tampoco se queman las cenizas,
ni se renace del camino sin retorno.

Mira que es repetitivo el ocaso. Todos los días la misma retahíla. Será tal vez para irnos acostumbrando.
ResponderEliminarMás bien un recordatorio de la monotonía de la vida: todo es siempre igual, pero no idéntico. Nos distinguimos por los matices.
EliminarUn abrazo.
Al leer el poema me queda una sensación de quietud y de algo que se apaga despacio, sin dramatismo, pero sin vuelta atrás. De esos que te dejan un rato en silencio.
ResponderEliminarMuchas gracias, Ángelo. El tiempo es eso que pasa por delante de nuestra ventana, del que a su vez somos partícipes. Todos tenemos un papel más o menos fundamental, pero mediante un contrato que acaba. El silencio ayuda a la meditación y ésta a entendernos mejor con el medio.
EliminarUn saludo.
El ocaso, una cita diaria, pero cada día diferente, lo que lo hace que su atractivo no desfallezca. Saludos, Francisco.
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