De repente, amanece, y todo se acelera,
comienzan las prisas, el baño ocupado,
el café ardiendo y el pan duro;
otra mirada al reloj que avanza sin frenos:
la mañana es la volatilidad de la vida.
Se refrena en el trabajo y hasta se eterniza
en la sala de espera del consultorio médico,
es motivo de enfermedad pasiva y penitente.
De repente, la sobremesa, los bostezos,
unos minutos de relax mirando a los adentros
y ya atardece sin la menor misericordia.
De repente, noche cerrada, todo se enmohece,
un repaso a la agenda, copia del día anterior;
prisas, una cena frugal y un cepillado de dientes,
el despertador está alerta en la mesita de noche.
Última reflexión del día. Pausa. ¿Valió la pena?
Y de repente, mañana, más de lo mismo.
Somos pura rutina. Además del café ardiendo y de aglomeraciones en el baño... te falta poner la entrada del blog de cada mañana.
ResponderEliminarUn abrazo, Paco.