11 enero 2026

CONCHA

 



Antes tuve que pasear mi angustia

por los vericuetos de lo establecido:

todo rigor, todo normalizado,

salvo para ahorrarle pasos innecesarios

al profano que se conduce de buena fe.


En el portillo, tuve que auto despojarme

de todos los elementos metálicos;

pero finalmente, el arco musitó a mi paso

una balada electrónica que se achacó al bastón

y no al neuroestimulador que se aloja

en mi cadera derecha desde antiguo.


Tiene usted razón,

debiera ser un desencadenante,

pero no funcionan así las cosas y tendrá…

Tenga, esté atento a la pantalla. Suerte


En la mesa informatizada, una concha.

Nácar reluciente con valvas casi cerradas.

A poco, había deducido mi fragilidad

y se sumó con un flotador a la corriente

viendo que estaba siendo arrastrado.


Me rasgué, le mostré mi abatimiento

y, como llevada por una ola que acaricia,

me fue llevando de mi deriva a su ámbito.

Ya había abierto sus valvas de par en par

y hasta emanaba flujos de tacto amoroso

de su brillante sonrisa panorámica.


Ahora me importaba más el calor de su alma

que la resolución al problema expuesto:

y yo rendido a los pies de quien

-desde el Calvario-

me había llevado a ciegas y en volandas

ante la delicada Concha

que me rescataría de mi percance.

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