Antes tuve que pasear mi angustia
por los vericuetos de lo establecido:
todo rigor, todo normalizado,
salvo para ahorrarle pasos innecesarios
al profano que se conduce de buena fe.
En el portillo, tuve que auto despojarme
de todos los elementos metálicos;
pero finalmente, el arco musitó a mi paso
una balada electrónica que se achacó al bastón
y no al neuroestimulador que se aloja
en mi cadera derecha desde antiguo.
“Tiene usted razón,
debiera ser un desencadenante,
pero no funcionan así las cosas y tendrá…
Tenga, esté atento a la pantalla. Suerte”
En la mesa informatizada, una concha.
Nácar reluciente con valvas casi cerradas.
A poco, había deducido mi fragilidad
y se sumó con un flotador a la corriente
viendo que estaba siendo arrastrado.
Me rasgué, le mostré mi abatimiento
y, como llevada por una ola que acaricia,
me fue llevando de mi deriva a su ámbito.
Ya había abierto sus valvas de par en par
y hasta emanaba flujos de tacto amoroso
de su brillante sonrisa panorámica.
Ahora me importaba más el calor de su alma
que la resolución al problema expuesto:
y yo rendido a los pies de quien
-desde el Calvario-
me había llevado a ciegas y en volandas
ante la delicada Concha
que me rescataría de mi percance.

La concha de la lora, que dirían los argentinos.
ResponderEliminarJa, ja, ja... No precisamente es esa la acepción.
EliminarUn abrazo.