Cayó la tarde, se cerró la noche
ensimismándose en lo lúgubre,
se encendieron los escaparates
y el esplendor imitaba a un sol no radiante
que caligrafía sin calentar el ánima.
El frío es intenso. Pronto;
muy pronto estarán las calles desnudas,
aisladas y silentes.
En el umbral de un comercio cerrado
unos cartones,
una manta cubre un bulto anónimo,
tal vez vencido por el sueño y el cansancio,
posiblemente con hambre y fatiga,
como puño cerrado ante el abatimiento.
Bajo la manta, la ansiedad, la desesperanza,
la duda razonable de si llegará a espabilar
o si será inerte y anónimo para siempre:
la vida es un trazo continuo
que se desdibuja en un punto final.

Gente invisible. No existe.
ResponderEliminarDe ello ya se encarga el flamante alcalde de Madrid prohibiendo a los voluntarios que reparten café y bocadillos hacer su función humanitaria en zonas céntricas y turísticas, con el fin de que loscquevduermen en la calle se alejen al extrarradio y ojos que no ven, corazón que no siente.
Invisibles pues en buena parte para el visitante que llega a Madrid.
No hay pobres sin techo en la ciudad. Eso pensarán.
Creo que el alcalde no está a la altura de las circunstancias. En ninguno de los sentidos de la expresión.
Y como él, cientos de responsables públicos.