Qué lejos queda aquella sonrisa
medio timorata y valiente en los ensayos
de aquel joven repeinado abriéndose camino
por la selva de un mundo desconocido,
al que habría de dominar con solvencia.
Qué lejos de mis cálculos
que la noche del domingo se me helara el corazón,
allá en Adamuz,
y qué sorpresa más rotunda y cercana
la del miércoles siguiente,
cuando me confirmaron tu iniciativa
de trasponer por las galaxias sin volver la vista atrás.
No puedo olvidar a esa niña de seis años
buscando a los suyos por entre el amasijo férreo;
no quiero imaginar a las tuyas,
-a tus hijas y nietas-
escudriñando en sus corazones
la razón última que te ha llevado
al acerado filo de la guadaña.
De domingo a miércoles dos muescas inolvidables,
dos heridas profundas en mi corazón:
la de tantos indefensos desconocidos
entre el amasijo de hierros aviesos y punzantes,
y la cercana de aquellos jóvenes principiantes
que llegaron un día al mundo de la hostelería
y en ella hicieron profesión y lazos de amistad.
¿Cómo pudo esa mano tomar la iniciativa…?

Maravilloso.
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