La vida real no bulle
en la fascinación del centro de la ciudad,
donde moran las instituciones,
el comercio, el deslumbramiento
de los escaparates
y lo inaccesible para la gran mayoría.
La vida real late en las periferias,
donde el funambulista
de este pan para este queso,
y el partir y el compartir
alcanza a duras penas para todos.
En la mesa de las periferias,
hay muchos que no llegan a ocupar
un puesto de comensal;
mientras en el centro
se mira con lupa la opinión de otros
para saber elegir acertadamente.
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