Como colofón de los días de Navidad,
de los excesos y de las luminarias,
este vivir que hicimos cotidiano
poniendo en ello juventud y empeño.
La fiesta de lo corriente hecho acontecimiento
del día a día, entre el pasar de puntillas
y el repiqueteo ocasional de instantes álgidos.
Íbamos de estreno, colmados de ilusión.
Tú radiante, yo adecuado al momento.
Habíamos custodiado la inocencia
y era el momento de enfrentarnos a la vida
desde la frágil inexperiencia:
vivimos días de vino y rosas,
aunque siempre un tanto comedidos,
vinieron otros ácimos y a todos plantamos cara
como uncidos a un común denominador.
Hemos vivido el día a día muchos años,
un para siempre que uno imagina lejano
y a veces inalcanzable, pero aquí estamos
para dar testimonio de veracidad.
No fue una decisión de ayer para siempre,
sino una toma de conciencia diaria
con la que hemos cabalgado
bonanzas y tormentas, y también superado
metas fuera de nuestros cálculos.
Algunas circunstancias las hemos pasado
con buena nota, en cambio otras…
Pues sí, también hemos perseverado
en las duras y en las maduras.
En el arcoíris del día a día,
un variado surtido de luces y sombras,
y a futuro, y mientras nos sea posible,
no salirnos del camino hasta llegar a meta.

Bueno. Parece que hemos sobrevivido. Acabo de comer el roscón y luego toca comida "normal" en casa con los hijos, regalos y demás. Y se acabó. Cada vez llevo peor esto de las fiestas navideñas. Encima, no me queda ni siquiera el consuelo de la posibilidad de celebrarlas en plan religioso, pues no soy devoto creyente. (Y de creer en el ritual pagano de las Saturnales no me iba a librar de las comilonas tampoco).
ResponderEliminarUn abrazo y que los Reyes sean generosos contigo: corbata, calcetines, calzoncillos largos de invierno...