En cada rama, arracimadas de aroma,
se balancea la flor del azahar con la brisa
como vaharadas de incienso ceremonial
que se columpia jovialmente hacia el cielo.
Un rastro aromático inconfundible
viste de primavera el paseo
con exuberante blancor de nieve tibia;
en cada rostro, el parpadeo, el regusto
que denota acuse nasal de recibo,
inundación odorífica de las pituitarias
y la candidez inocente de una flor densa
que en su pequeñez cifra la inocencia.
Te paras. La observa de cerca,
miras con no poca incredulidad
y ella simplemente responde en silencio,
cargando el aire que la circunda
con un nuevo y estridente resplandor
que enarbola de gozo los sentidos.
Embriagador; y es que no hay perfumista como el hacedor.
ResponderEliminarUn abrazo 🌹
Sin la menor duda, Merche.
EliminarUn abrazo.