Yo tuve una pecera,
una esfera de cristal transparente
con casquete truncado a modo de boca,
como la ansiosa búsqueda de libertad.
Yo tuve una jaula,
una cárcel preciosa donde un pájaro amarillo
cantaba sus tristezas entre rejas de alambres
y me deleitaba con sus trinos amargos.
Yo tuve la aviesa fortuna
de quebrar el cristal de la pecera,
y se derramó el agua,
y se derramaron hasta el suelo los peces,
y aquella libertad momentánea fue la puntilla
para aquellos colores agitados
que por siempre perdieron la movilidad.
Entonces, y solo entonces,
supe que no tenía una orquesta en casa,
sino una prisión con barrotes y sin sentencia,
donde un pájaro amarillo hacía mis delicias,
a cambio de su cadena perpetua.
Ahora tengo que salir a la naturaleza
para poder deleitarme de esa musicalidad
que no me pertenece…
Y resulta que hasta las flores ínfimas,
los troncos retorcidos o las copas esbeltas,
así como los hierbajos, en libertad y sin nombres,
tienen un atractivo misterioso en los que me deleito.

Mala cosa jaulas y peceras, cárceles aunque sean de oro o diamante.
ResponderEliminarUn abrazo, Paco.
La rotura me hizo comprender eso que dices, Cayetano.
EliminarUn abrazo.
Así hicimos muchos cuando echábamos de menos la naturaleza. Ahora sabemos disfrutarla al natural.
ResponderEliminarUn abrazo pareja.
Ya veo que seguimos el ejemplo uno del otro y eso me satisface, Rafaela.
EliminarUn abrazo.