El sol se ha echado lánguidamente,
la luz se desliza por el ocaso
con pícaros guiños dorados
en la superficie de plata antigua
y a contracorriente del río;
en el envés de los olmos
la blanquecina incidencia
del amor cándido y la esbeltez
de un tronco con aspiraciones infinitas
que eleva sus plegarias al cielo.
La tarde es un guiño cómplice
que se escabulle por el horizonte
entre tonos rosáceos y ascuas tibias;
en paralelo camina su sombra
afirmando su esencia sin derrotas.
Se acentúa el silencio con la osadía
de una presencia esquiva y prefigurada,
compañía constante y predeterminada
que acude sin cita al lugar oportuno.
La brisa sopla en los olmos
melodías que acarician la memoria
y se ciñe al camino de vuelta,
como una promesa vivificada
en un viejo tratado sin caducidad
y enarbolado a la dulce espera.

Atardece, que no es poco.
ResponderEliminarUn día más que se nos va.
Un abrazo, Paco.