El sol se ha echado lánguidamente,
la luz se desliza por el ocaso
con pícaros guiños dorados
en la superficie de plata antigua
y a contracorriente del río;
en el envés de los olmos
la blanquecina incidencia
del amor cándido y la esbeltez
de un tronco con aspiraciones infinitas
que eleva sus plegarias al cielo.
La tarde es un guiño cómplice
que se escabulle por el horizonte
entre tonos rosáceos y ascuas tibias;
en paralelo camina su sombra
afirmando su esencia sin derrotas.
Se acentúa el silencio con la osadía
de una presencia esquiva y prefigurada,
compañía constante y predeterminada
que acude sin cita al lugar oportuno.
La brisa sopla en los olmos
melodías que acarician la memoria
y se ciñe al camino de vuelta,
como una promesa vivificada
en un viejo tratado sin caducidad
y enarbolado a la dulce espera.

Atardece, que no es poco.
ResponderEliminarUn día más que se nos va.
Un abrazo, Paco.
Los días son humo, Cayetano, presencia y ausencia a un tiempo, abandono.
EliminarUn abrazo.
Admiro profundamente esta capacidad tuya de hacer un poema contemplando un instante de la naturaleza! Tengo una amiga que en combinación con su hijo él le hace llegar una foto cada mañana del amanecer y ella compone versos alusivos en el momento, es un don especial, gracias Francisco por compartirlo, un abrazo!
ResponderEliminarTe lo agradezco, María Cristina. Muchísimas gracias.
EliminarUn abrazo.
Qué bonitos son los atardeceres y qué melancólicos.
ResponderEliminarEs verdad, Tracy, todos los atardeceres se inclinan a la melancolía.
EliminarUn abrazo.