Dependientes, vivos pero no autónomos,
con las lágrimas a flor de piel
y el berrido como recurso expresivo
que pide y suplica con llantos;
la esperanza de un largo itinerario
en el que ir perfeccionando las habilidades
y las aportaciones del inesperado azar
como aditivo generoso y exquisito.
Llegada la pubertad, la afirmación del yo,
a pesar de las carencias y la mucha petulancia.
En adelante, un camino llano en el que competir
y la bandera del personalismo,
casi siempre erguida y orgullosa,
dispersa entre los gestos del gentío.
Ya no es amamantado, ahora se cree autosuficiente,
pero discurrirá por el eslalon de las dificultades
y se verá forzado a entender
el valor relativo de los logros y la negativa
de todo aquello que se le resiste.
Al final, antes de la hora del cierre,
cuando se esfuman las fuerzas
y las habilidades se toman su tiempo
para la probatura y el olvido,
una voltereta atrás,
la entrega en brazos de la dependencia,
salvo que la vida se acorte
en la cerrada curva de lo inesperado.

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