La distancia no es salvoconducto suficiente
para preservarnos de la metralla de la guerra.
Tampoco vivir en el madriguera de las ideas
resta responsabilidad ni asegura la vida.
La sangre de la guerra siempre salpica
y viste lo inmaculado de luto y pestilente fango.
No hay distancia en la que ponerse a salvo
cuando un congénere puede entregar la vida.
El más preciado don que hemos recibido,
antes de que en nosotros viviera la voluntad,
es la propia vida, esa que nadie debe mancillar
y no hay ley ni conducta que justifique quitarla,
atormentarla ni ponerla en riesgo extremo.

Pues nada. De cabeza vamos otra vez. No aprendemos la lección.
ResponderEliminarUn abrazo.