Observa la soledad de la arboleda,
los tiritones tan sensibles
de sus ramas nudosas y desnudas.
Observa al tibio sol
atravesando con su espada sin filo
lo que fue frondosidad
y ahora es desnudez y temblores,
oro pálido y mullido por los suelos,
derrota de los días gélidos.
Observa la indigencia y el silencio
de quienes rebuscan urgidos por la necesidad
y el estruendo altisonante y molesto
de quienes todavía no regresaron
y trompican aguas a bajo a contracorriente.
Observa el despertar de la ciudad,
el empoderamiento y los tensos andamiajes
de quienes manejan las claves y dan órdenes,
y la ductilidad de los sometidos y cabizbajos,
con las dudas del mañana bajo la solapa.
Observa el espacio por donde caminas
y goza de la fortuna de tener criterios:
no vociferes, disfrútalo en tus adentros,
como quien pasa por entre las ramas.

Como el sol de invierno. Tímido, silencioso y reconfortante.
ResponderEliminarUno pasa a ras de suelo, pero a veces la mente se envuelve en la brisa y sobrenada por las alturas inmediatas.
EliminarUn abrazo, Cayetano.