Sobre el papel pautado,
notas subrayadas de silencios;
una mano generosa que esparce
la simiente y también las amapolas,
en proporciones
adecuadas de ritmo y belleza.
De entre la espesura de espigas,
el ritmo que imprime la brisa
y mece la melena rubicunda,
con el ondulado y alegre colorete
que la ruboriza y enternece.
En cada pentagrama una estrofa,
en cada líneo del esfuerzo un verso;
tras de cada empeño estridente
un pianísimo que atempera las fuerzas
y recoloca lo sugerido entre las exigencias.
Tras la álgida instrumentación,
un solo sugerente que apuntala.
Y así, en el altibajo de cada cadencia,
el sube y baja armónico de la melodía.

Y qué sería de nosotros, pobres mortales, sin el consuelo de la música.
ResponderEliminarUn abrazo, Paco.
Sin música, Cayetano, estaríamos faltos de ritmo.
EliminarUn abrazo.