Los montes, ese esbelto gentío
que se incorpora de puntillas
y se eleva hacia lo sideral,
curioseando al otro lado de lo celeste,
donde lo trascendente
es un misterio insondable
que solo la muerte traspasa
y lo revierte en su mutismo.
Allá donde habita el silencio,
donde solo la imaginación
juega como alfarero con las formas
y se contagia del espíritu
de noble y sutil esperanza.
El hábitat de la luz radiante,
el esplendor deslumbrante,
la inmaculada senda hacia el infinito
como camino certero y destino extremo.
Los montes, la escalada a lo sublime
que aleja del discurrir diario,
entre la envidia y la codicia,
en el lodazal de la contienda diaria
por ser destello en la oscuridad
de esta triste y amarga contienda.

No sé, no sé. Creo que te ha traicionado el subconsciente y, dado el ambiente que se respira, en el fondo, lo que nos quieres transmitir es que igual nos tenemos que echar al monte, como los maquis o como Curro Jiménez.
ResponderEliminarUn abrazo.
Muy al contrario, Cayetano, lo que sugiero es un escape por las alturas en lugar de tan rastreros pensamientos.
EliminarUn abrazo.
Alcanzar la cumbre de una montaña trae sosiego y paz al espíritu. Saludos
ResponderEliminarAsí es en mi lejana memoria, una experiencia casi mística, Antorelo.
EliminarSaludos.
Si, los montes nos llaman, nos invitan a elevarnos, a sentir la magia de las aturas, donde el espíritu se libera, se renueva y trasciende por encima de nuestra realidad terrenal tan limitada, tan frívola y falta de valores, Francisco.
ResponderEliminarMi abrazo entrañable por tu visión genuina y poética.
Te agradezco en el alma lo bien que llegas hasta el fondo de mis sentimientos, María Jesús.
EliminarAbrazos amistosos.