Se escapó de su mano infantil
y ahora revolotea los cielos inmediatos,
tan inalcanzables como los sueños.
Los Reyes fueron abundantes,
pero ninguno tan sutil ni tan ligero
como la posibilidad de volar,
de meter sus sueños en un gurruño
y esconderlos entre la trama de colores
del tejido etéreo, liviano y vaporoso
por la que ascender a lo imposible.
Sus coletas bailaban el mismo son
que la lumínica y gaseosa cola de la cometa.
Ascendía sin visión de fronteras o límites,
tal y como ella desenrollaba sus sueños
perdiendo la verticalidad en lo vaporoso
de sus muchas elucubraciones y fantasías.
En su locura, dejó escapar la tranza
y la distancia se esfumó por el infinito,
salvo aceleradas caídas que algún torbellino,
como un guiño de proximidad o juego,
le hacía pensar en un regreso voluntario.
La madurez comienza después de los fracasos,
la infancia acaba cuando la niña deja de arriesgar
y averigua que puede multiplicarse, dar vida,
a la que encadenarse cumplimentando el ciclo
y dejando los juegos en manos ajenas
para añorarlos cada uno de los días de su vida.

No sé si los chicos de hoy dejarán pronto o tarde la cometa, pero se acercan tiempos complicados para la infancia y el juego.
ResponderEliminarNo te falta razón y es también mi sospecha, pero déjame volar la fantasía y me refugie un tantito en la infancia.
EliminarUn abrazo.
Ojalá que pueda haber un mundo para los niños de hoy.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo.
Es imprescindible que habilitemos un mundo para ellos y les demoremos la pantalla del móvil. ¿No lo crees así, Sara?
EliminarUn abrazo.