Estos días invernales te contraen la sonrisa,
te retuercen el gesto, y ofrecen de ti
una imagen de fragilidad multiplicada,
como de quien duerme a la intemperie.
No está solo quien tiene un punto de anclaje
en el patio interior de una sonrisa que acoge,
a quien se le confía el riego y el mimo
de la floración que lo sublima y hace acogedor.
No te rindas, las malas hierbas, como el vocerío,
crecen por doquier y exigen una nueva bina,
un esfuerzo redoblado por no dejar de ser
uno mismo,
ese que asume su ayer con sus errores
y subraya los aciertos, en los que afianzarse.
Quédate a la orilla, cobíjate de lo ruin
que se adentra sin invitación ni modales.
No le hagas su juego, que desparrame
sus perversas malicias sin alterarte. Calla,
silencia el yo que se subleva alterado,
no distribuyas su eco maligno y confía.
Esta ola invernal pasará en breve
y le seguirá la prometedora primavera,
donde la beldad reinará triunfante.
No adelantes el reloj. Deja
que vayan menudeando los segundos,
paso a paso,
con el racheo de pies que les caracteriza,
hasta que se acaben estas gélidas mañanas
y nos devuelvan la esperanzada primavera.

La próxima primavera queda lejos. Creo que hay invierno para rato. Y no solo meteorológico.
ResponderEliminarUn abrazo.