El amor se cuela
por la rendija de lo
imprevisto;
algo así como se abre un
postigo
por el impacto de una
ráfaga de viento.
Llega, sorprende, se
encona
y se hace endémico
y dependiente.
Tal vez sea cierto que la
primavera
es el tiempo favorable
para el amor;
en cambio la carnalidad y
la pasión
son cosechas del verano.
El tiempo
cuando lo escondido se
hace visible
y, llegado el caso, hasta
apetecible.
El invierno, con sus siete
capas,
es tiempo propicio para la
imaginación,
también para errores de
bulto.
Y es que las caléndulas es
tiempo de exteriores,
de visualización y
aproximación al tacto;
también los desarreglos
por estrabismos
y en general época de
tortura y gozo visual.
El amor es otra cosa más
selecta:
un relámpago en seco que
atormenta,
una mirada electrificada
con el poder de los rayos
x,
una imagen manchada,
extractiva,
que marca y quita el
sueño,
que empareja dos almas
en la calidez de la
certeza absoluta,
dos miradas coincidentes
que ven aquellos que
desean íntimamente
y en ello se confortan.






