Anunciado a bombo y platillo,
de repente, la tarde se muda
ante la ingente multitud
su espectacular traje de noche,
para hacer del acontecimiento astrofísico
algo legible para quienes ignoramos
muchísimo más de lo que creemos,
empeñándonos en no ver el peligro,
aunque salten los goznes de la visión.
La población enloquecida por el evento,
y el sol sigue su pausado caminar,
con la placidez de acabar su travesura
deslizándose por el tobogán de poniente.
No quedan gafas milagreras, pero todos
miran el reloj con impaciencia
sin que nadie perite los riesgos:
para unos un visto y no visto,
para otros un mirar para sí sin ver,
y evitar el deslumbre de los extraordinario,
todo ello, en un anunciado de repente insatisfecho.
No todos los días se puede presenciar ese fenómeno, aunque hay que adoptar las medidas necesarias, para la protección de la vista.
ResponderEliminarSaludos amigo.
Sucesos extraordinarios para contemplar con cuidados, un abrazo Francisco!
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