Junto a la orilla, un eucalipto,
una sombra alargada hacia el cielo
como plegaria por las magas del blancor,
con los rudimentos de lo ancestral.
Un restregador de madera acanalada,
un taco de jabón casero
hecho con los despojos del aceite;
un juego de manos, de habilidades,
para una vida máxima, desde lo mínimo.
Un máximo común a todas,
con el mínimo gasto
y con el máximo esfuerzo;
una operación aritmética
que afectaba a todas,
con las desigualdades
con las que se uniforma la sociedad,
y para colmo,
ellas tan solo eran silencio:
ni tenían opinión ni contaban para nada.

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