Mi adolescencia era un
folio en blanco
fajado a la ilusión del
trabajo,
cuando todavía la
pelusilla
no me ensombrecía la cara.
Grácil. Agraciado. Aniñado.
De poca estatura y el
deber como norte,
días por los que agradezco
no haber descarriado en
ninguna penumbra.
Me fui haciendo hombre,
mientras aprendía y asumía
responsabilidad,
alumbrado por la lámpara
rudimentaria de mi
entendimiento.
He visto cómo más de un
cuerpo de cristal
estallaba y se hacía
añicos…
Yo aprendí lento y en
silencio, como en un sueño
en el que cada vez se
desvela un misterio.
Cuando tras el último
respiro me pidan cuentas,
mostraré mis manos vacías
y las llagas que el día a
día
ha ido dejando en mis
manos.





