No son espinas,
la flor cortada vierte duras lágrimas,
un negro tránsito,
un llanto amargo e impotente
por su vida segada, violentada de un tajo,
para seguir ofreciendo belleza
en lugares opulentos,
en tanto languidece y muere.
Si su tallo fuera acero,
si sus espinas diamantinos cortafríos,
si sus sépalos sudores de orfebres
y sus pétalos cera virgen;
si la vulgaridad fuera su vestidura talar
y la pestilencia el rechazo
a su propio asesinato, tal vez…
Si respetáramos la vida de las flores,
si en verdad las admiráramos y amáramos,
procuraríamos que su estética fuera estática,
como el pino, el acebuche o el almendro.
Vayamos al encuentro de su gracia,
ya sea en lo fortuito o en la plantación caprichosa.
En cada oportunidad mostrará su semblante
y haremos ante ella promesas de volver,
para reconciliarnos con el éxtasis de su presencia.

Veo que no soy el único: no hay nada más triste que una flor cortada, agonizando en el ramo del florero.
ResponderEliminarUn abrazo.
En este mundo tan complejo, no es fácil la exclusividad, Cayetano.
EliminarIn abrazo.
Las flores tienen alma generosa y saben que los humanos las necesitamos para seguir soñando belleza y paz...Ellas nos perdonan y gustosas se ofrecen para darnos momentos felices...Tu poema una preciosura, que se lee desde el cielo y desde la tierra, Francisco.
ResponderEliminarMi abrazo entrañable.
Es posible que tengas razón, pero yo sigo apostando por lo natural y en medio de la naturaleza. Gracias, María Jesús.
EliminarUn cálido abrazo.
Es que son tan necesarias para la compañía diaria, tenerlas más cerca nos da alegría y perfume, aún sabiendo que en la misma planta también se secarán lo hacemos egoístamente! Bello poema, Francisco, un abrazo!
ResponderEliminarA veces las pasiones nos hacen cometer pequeñas fechorías, María Cristina.
EliminarUn abrazo.