Muy jóvenes,
puros adolescentes en desarrollo,
la vida en crecida surtiendo de ellos,
pero no la advierten.
Se miran sin interrogantes,
sin otro ornamento que el silencio
y la anchurosa sonrisa,
éxtasis profundo, dos estatuas de sal
sobre sendos pedestales:
ni respiran, ni parpadean, ni se tocan…
Sus miradas son sondas que taladran
y se adentran en el otro;
pura intuición que se aloja ahíta
en el alma ajena.
Algo incomprensible les sucede:
se conocen, se reconocen,
se examinan contemplativamente,
sin vocalización, sin mueca alguna,
y toman certeza el uno del otro.
Ella tiene los labios húmedos,
y también muy sonrosados;
en cambio él, muy resecos y ansiosos,
un tanto lívido…
Sí, ansiosos y tal vez atemperados.
En la boca de ambos vive como ermitaño
la sed desértica,
y en la mirada de deseo,
la insaciable espera colmada y remecida.
Se toman de las manos y
casi se electrocutan…
Todo es pausa,
ensimismamiento contemplativo,
fuego contenido e inexperto,
agitación desbordada en el silencio.
Espera.

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