En la corriente del arroyo,
la canción de agua
sorteando las piedras,
y los desniveles,
precipitadas y violentas
o atrincheradas con mansedumbre
y algún timorato remolino queriendo volver.
Sobre el cañaveral,
por encima de la cota de verdor fiero,
una formación de penachos,
todos enhiestos,
en armonía militarizada.
Y en las orillas,
el bisbisear de los chopos
con guiños blanquiverdes,
que ahora se ocultan
y después se asoman
en juego de alternancia,
como quien se ejercita en el veo veo
y se queda abducido
por el pestañeo incesante
que provoca la brisa.
Como tú y yo,
un deambular del ayer al hoy,
de la impetuosa jovialidad
a la lasitud de estas energías
emborronadas por el uso
que se amansan y se aquietan.

Eso es música y no el reguetón ese.
ResponderEliminarUn abrazo.
Bella descripción. Gracias por contagiarnos de tu absorta contemplación de la vida.
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