A Larysa Chesnokova
Cuando te echo de menos
vuelvo a oír aquellas entrañables melodías
que sacabas del teclado,
pulsando, a veces con codicia,
y otras acariciando con tus táctiles yemas
el tosco y elemental teclado eléctrico.
No se trataba de una exhibición de tus habilidades,
tampoco de la euforia nacida en tu corazón
por los acontecimientos de tu vida,
últimamente zarandeada
hasta límites más que insospechados
y escalofriantes;
como todo lo que dimana de ti,
una dádiva generosa y altruista
nacida en tu alma virginal y en tu sensibilidad.
Entonces te expresabas con suma fluidez
en el lenguaje musical,
pero no así en mi idioma;
por eso, usaste mi voz como intermediario
para anunciar títulos y autores de las partituras.
Todo fue fluido mientras barajabas la nómina clásica
de la música centro europea,
mas cuando saltaste a Ucrania
cabalgando a lomos de un sueño
y nos regalaste los sentidos acordes
de Elegía, Op.41/3, de tu compatriota Mykola Lysenko,
tuve dificultad en la pronunciación
y tú, emotiva emoción nacida en tus adentros.
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