Dibujo
de Shamsia Hassani
Pintora
afgana
Su figura se proyecta
sobre el caserío
como símbolo que emerge
y se repite incontables
veces
entre las ciudadanas de
Afganistán.
Sobre su cabeza, la
ocultación,
la necesidad impuesta de
desaparecer
en el anonimato de su
género;
un “vetovelo” que las
uniforma,
al tiempo que las segrega
como seres inferiores.
Y así, Aaqila, Bashira o
la misma Khujesta,
dejan de ser en la
sociedad,
para diluirse en el seno
de la familia
con menor vistosidad que
un florero
o el dintel de la ventana.
Najam tiene su corazón
traspasado
por las pautas de un
pentagrama
donde brota la música con
toda naturalidad
y dulzura. Acostumbrada a
no ser vista,
deja caer las persianas de
sus pestañas
y sueña. Sueña en una
noche
estrellada de corcheas y
semifusas,
y el Carnegie Hall rendido a sus pies.
