A Esther MaCo, con todo mi afecto.
El sol camina hoy fatigado, sin furia,
y el día se ha vestido
de luto aliviado,
mientras el reloj trenza sus horas
sin respiro alguno.
Tengo una jaula vacía
con la puerta feliz, abierta:
no hay trinos,
no hay alpiste
y el agua se ha teñido de verde;
tampoco hay encierro
ni oscila el columpio,
ni habita entre los barrote la música
carcelaria.
El transistor se ha agotado
de tanta publicidad repetitiva
y sólo hay música en los labios
de quien pasa silbando
junto a la ventana.
Es la sobremesa,
pero como si tratara de amanecer
de nuevo, bosteza la tarde.
Pareciera que la ciudad duerme
y en el bazar chino
los ojos siguen oblicuos y despiertos:
hay de todo a buen precio
y baja calidad.
Alguien ha entrado
buscando un desavío
y el chino se agita haciendo caja.
Debe seguir girando el mundo,
pero sigo sin notarlo,
como tampoco sé explicar
la utilidad de medir el tiempo
sin dejarlo crecer infinitamente.
Pronto llegará el anochecer
sin que se produzca el ocaso.
No. No me lo explico:
nos gusta lo extraordinario,
pero se nos embarrancan los días
cuando éstos son anómalos.






