En la canción descubro
que otra alma fue herida
por este mismo acero
que me traspasa.
La canción, como el olvido,
se hace ovillo en la memoria
y celebra con júbilo
descubrir
que en tu boca reside el
sabor
de los frutos del bosque,
del que quedé preso sin
condena.
No se olvida el paisaje
donde nos conocimos;
no se olvida aquel bolero
que al bailar tarareábamos;
no
se olvida el sabor tímido
de
aquel fugaz y consentido beso
que
sabía a savia de ti misma,
cuya
identidad todavía paladeo…
A
veces titubeo y no doy a la primera
con
las llaves, el teléfono o la palabra
que
como sillar o tesela resuelva
la
oración que tanto se resiste;
pero
tu pálpito es, con la canción
y
el lugar preciso, la escena
de
aquel primer fuego en que
nos
abrazamos y abrasamos el primer beso.
No
quiero abandonar el ámbito
de
este encuentro, donde sonido y sabor
se
hacen uno confundiéndose
en
el banquete de tu boca.






