Primero fue una nevada copiosa,
una promesa sellada con pureza nívea
y con la fragancia inconfundible
de un naranjo en flor multiplicada.
Luego vino la espera y el tránsito,
-tras despojarse de la capa de armiño-
hacia un verde íntimo e intenso
con la ternura de un nuevo amanecer.
La espera me hizo recordar
la paciente expectativa del abuelo:
bajo su sombrero de fieltro calado,
y su mirada infinita barajando el futuro.
En la etapa final, la recolección,
los sudorosos y salinos salarios,
la fuerte mordida de los intermediarios,
y la acción de gracias, un año más,
nacida en lo sincero y profundo del corazón.

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